domingo, 13 de julio de 2014

JESUS La libertad de escoger

Capítulo 4: La libertad de escoger

 El albedrío es un principio eterno

hijo de dios tomando el camino
  • Si alguien le preguntara por qué es importante tener albedrío, ¿qué diría?
“…podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido;…” (Moisés 3:17).
Dios nos ha dicho por medio de Sus profetas que somos libres de escoger entre el bien y el mal. Podemos elegir la libertad y la vida eterna al seguir a Jesucristo; también somos libres para elegir el cautiverio y la muerte como resultado de seguir a Satanás (véase 2 Nefi 2:27). Al derecho de escoger entre el bien y el mal, y de actuar según nuestra voluntad se le llama albedrío.
En la vida preterrenal poseíamos albedrío moral. Uno de los propósitos de la vida terrenal es demostrar qué tipo de decisiones tomaremos (véase 2 Nefi 2:15–16). Si se nos forzara a escoger lo correcto, no podríamos demostrar lo que hubiéramos elegido por nosotros mismos; además, somos más dichosos cuando tomamos nuestras propias decisiones.
El albedrío fue uno de los temas principales que surgió en el concilio de los cielos, en la vida preterrenal, y fue una de las causas principales del conflicto entre los seguidores de Cristo y los seguidores de Satanás. Satanás dijo: “…Heme aquí, envíame a mí. Seré tu hijo y redimiré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma, y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra” (Moisés 4:1). Al decir esto, “…se rebeló contra [Dios], y pretendió destruir el albedrío del hombre…” (Moisés 4:3). Su propuesta se rechazó y fue expulsado de los cielos junto con sus seguidores (véase D. y C. 29:36–37).

El albedrío es una parte necesaria del plan de salvación

El albedrío hace de nuestra vida terrenal un período de probación. Cuando planeaba la creación terrenal de Sus hijos, Dios dijo: “y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare” (Abraham 3:25). Sin el don del albedrío habríamos sido incapaces de demostrarle a nuestro Padre Celestial que hubiéramos hecho todo lo que Él nos mandara. Debido a que podemos escoger, somos responsables de nuestras propias acciones (véase Helamán 14:30–31).
Cuando elegimos vivir de acuerdo con el plan que Dios tiene para nosotros, nuestro albedrío se fortalece. Las decisiones correctas aumentan nuestra capacidad de tomar más decisiones correctas.
Al obedecer cada uno de los mandamientos de nuestro Padre Celestial, progresamos en sabiduría y fortalecemos nuestro carácter; aumenta nuestra fe y nos resulta más fácil tomar decisiones correctas.
Comenzamos a tomar decisiones cuando vivíamos en la presencia de nuestro Padre Celestial como hijos espirituales; las decisiones que allí tomamos nos hicieron dignos de venir a la tierra. Nuestro Padre Celestial desea que aumente nuestra fe, nuestro poder, nuestro conocimiento, nuestra sabiduría y toda otra cualidad positiva. Si guardamos Sus mandamientos y tomamos decisiones correctas, aprenderemos y comprenderemos; y llegaremos a ser como Él (véase D. y C. 93:28).
  • ¿De qué forma el tomar decisiones correctas nos ayuda a tomar más decisiones correctas?

Para que exista el albedrío tiene que haber opciones

  • ¿Por qué es necesaria la oposición?
No podemos escoger la rectitud a menos que se nos presente la opción entre lo bueno y lo malo. Lehi, un gran profeta del Libro de Mormón, le dijo a su hijo Jacob que, a fin de que se cumpliesen los eternos propósitos de Dios debía haber “…una oposición en todas las cosas. Pues de otro modo, …no se podría llevar a efecto la rectitud ni la iniquidad, ni tampoco la santidad ni la miseria, ni el bien ni el mal…” (2 Nefi 2:11).
Dios permite que Satanás se oponga a lo bueno, y dijo de él:
“…hice que fuese echado abajo…
“y llegó a ser Satanás, sí, el diablo, el padre de todas las mentiras, para engañar y cegar a los hombres y llevarlos cautivos según la voluntad de él, sí, a cuantos no quieran escuchar mi voz” (Moisés 4:3–4).
Satanás hace todo lo que está a su alcance para destruir la obra de Dios y procura “…la miseria de todo el género humano… pues él busca que todos los hombres sean miserables como él” (2 Nefi 2:18, 27); él no nos ama ni desea nada bueno para nosotros (véase Moroni 7:17); no desea que seamos felices, sino que seamos sus esclavos, y se oculta tras sus muchos disfraces para esclavizarnos.
Cuando cedemos ante las tentaciones de Satanás, limitamos nuestras opciones. El siguiente ejemplo demuestra la forma en que eso sucede. Imaginen que ven un letrero en la playa que dice: “Peligro. Remolino. Prohibido nadar en esta zona”; tal vez podríamos pensar que eso representa una restricción, pero, ¿lo es en realidad? Todavía tenemos muchas opciones: podemos ir a nadar a otro lado; somos libres de caminar por la playa y juntar caracolas de mar; somos libres de contemplar la puesta del sol y de regresar a casa. También somos libres de hacer caso omiso a la advertencia y nadar en el lugar peligroso; sin embargo, una vez que seamos atrapados por el remolino, éste nos arrastrará y tendremos muy pocas opciones; si ése fuera el caso, trataríamos de escapar o de pedir ayuda, pero es posible que terminemos ahogados.
A los maestros: Un dibujo sencillo puede ayudar a los alumnos a centrar la atención. Si hablan sobre la analogía del letrero de advertencia como se presenta en este capítulo, quizá desee dibujar un letrero similar sobre la pizarra o en un pedazo grande de papel.
A pesar de que somos libres de elegir nuestro curso de acción, no somos libres de escoger las consecuencias que conllevan nuestras acciones. Las consecuencias, ya sean buenas o malas, serán el resultado natural de cualquier decisión que tomemos (véase Gálatas 6:7; Apocalipsis 22:12).
Nuestro Padre Celestial nos ha dicho cómo escapar del cautiverio de Satanás. Debemos estar alertas y orar siempre, y pedir a Dios que nos ayude a resistir las tentaciones de Satanás (véase 3 Nefi 18:15). Nuestro Padre Celestial no permitirá que seamos tentados más allá de nuestra capacidad para resistir (véase 1 Corintios 10:13; Alma 13:28).
Los mandamientos de Dios nos guían lejos del peligro y nos conducen hacia la vida eterna. Al tomar decisiones sabias, podremos ganar la exaltación, progresar eternamente y gozar de una felicidad perfecta (véase 2 Nefi 2:27–28).
  • ¿Cuáles son algunos ejemplos de acciones que limitan nuestras opciones? ¿Cuáles son algunos ejemplos de acciones que nos dan más libertad?

Pasajes adicionales de las Escrituras

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martes, 8 de julio de 2014

Llegar a ser perfectos en Cristo

Llegar a ser perfectos en Cristo


Gerrit W. Gong
El comprender el amor expiatorio que el Salvador da sin reserva nos puede librar de las expectativas incorrectas y falsas que nosotros mismos nos imponemos de lo que es la perfección.

Luz del mundo, por Howard Lyon, prohibida su reproducción.
Con nuestros hijos cantamos: “Yo siento Su amor, que me infunde calma”1.
Su amor expiatorio, dado sin reserva, es como “leche y miel sin dinero y sin precio” (2 Nefi 26:25). Por ser infinita y eterna (véase Alma 34:10), la Expiación nos invita a “[venir] a Cristo, y [perfeccionarnos] en él” (Moroni 10:32).
El comprender el amor expiatorio que el Salvador da sin reserva nos puede librar de las expectativas incorrectas y falsas que nosotros mismos nos imponemos de lo que es la perfección. Ese entendimiento nos permite despojarnos de los temores de que somos imperfectos: temores de que cometemos errores, temores de que no somos lo suficientemente buenos, temores de que somos un fracaso comparado con los demás, temores de que no estamos haciendo lo suficiente para merecer Su amor.
El amor expiatorio que el Salvador da sin reserva nos sirve para que seamos más tolerantes y menos críticos de los demás y de nosotros mismos. Ese amor reconcilia nuestras relaciones y nos brinda oportunidades de amar, comprender y prestar servicio a la manera del Salvador.
Su amor expiatorio cambia el concepto que tenemos de la perfección. Podemos depositar nuestra confianza en Él, guardar diligentemente Sus mandamientos y seguir adelante con fe (véase Mosíah 4:6), al mismo tiempo que sentimos mayor humildad, gratitud y dependencia en Sus méritos, misericordia y gracia (véase 2 Nefi 2:8).
En un sentido más amplio, el venir a Cristo y ser perfeccionados en Él coloca la perfección dentro del trayecto eterno de nuestro espíritu y cuerpo o, básicamente, en el trayecto eterno de nuestra alma (véase D. y C. 88:15). El llegar a ser perfectos es el resultado de nuestra travesía por la vida, la muerte y la resurrección físicas, cuando todas las cosas son restablecidas “a su propia y perfecta forma” (Alma 40:23); incluye el proceso del nacimiento espiritual, el cual ocasiona “un potente cambio” en nuestro corazón y disposición (Mosíah 5:2); refleja el refinamiento de toda nuestra vida mediante el servicio semejante al de Cristo y la obediencia a los mandamientos del Salvador y a nuestros convenios; y reconoce la relación que existe entre los vivos y los muertos, que es necesaria para llegar a la perfección (véase D. y C. 128:18).
No obstante, la palabra perfección a veces se malinterpreta, pensando que significa no cometer nunca un error. Quizás ustedes o alguien a quien conozcan estén esforzándose por ser perfectos de esa manera. Debido a que ese tipo de perfección siempre parece inalcanzable, incluso después de realizar nuestros mejores esfuerzos, podemos sentirnos intranquilos, desanimados o exhaustos. Tratamos infructuosamente de controlar nuestras circunstancias y a las personas que nos rodean; nos preocupamos demasiado por las debilidades humanas y los errores; y de hecho, cuanto más nos esforzamos, más alejados nos sentimos de la perfección que procuramos.
A continuación, intento profundizar nuestro aprecio por la doctrina de la expiación de Jesucristo y por el amor y la misericordia que el Salvador nos brinda sin reservas. Los invito a aplicar su entendimiento de la doctrina de la Expiación con el fin de ayudarse a ustedes mismos y a otras personas, incluso a misioneros, estudiantes, jóvenes adultos solteros, padres, madres, cabezas de familia que estén solos o solas, y otras personas que tal vez se sientan presionadas a encontrar la perfección y a ser perfectas.

La expiación de Jesucristo

Habiendo sido preparada desde la fundación del mundo (véase Mosíah 4:6–7), la expiación de nuestro Salvador nos permite aprender, arrepentirnos y progresar por medio de nuestras propias experiencias y decisiones.
En esta probación terrenal, tanto el crecimiento espiritual gradual “línea sobre línea” (D. y C. 98:12), así como las experiencias espirituales transformadoras de un “potente cambio” de corazón (Alma 5:12, 13; Mosíah 5:2), nos ayudan a venir a Cristo y a ser perfeccionados en Él. La conocida frase “perseverar hasta el fin” nos recuerda que el progreso eterno muchas veces implica tiempo, así como un proceso.
En el último capítulo del Libro de Mormón, el gran profeta Moroni nos enseña la manera de venir a Cristo y ser perfeccionados en Él. Nos “[abstenemos] de toda impiedad”; amamos “a Dios con toda [nuestra] alma, mente y fuerza”; entonces, Su gracia nos es suficiente “para que por su gracia [seamos] perfectos en Cristo”, lo cual “está en el convenio del Padre para remisión de [nuestros] pecados”, para que podamos “[llegar] a ser santos, sin mancha” (Moroni 10:32, 33).
En última instancia, es el “gran y postrer sacrificio” del Salvador lo que trae la “misericordia, que [sobrepuja] a la justicia y [provee] a los hombres la manera de tener fe para arrepentimiento” (Alma 34:14, 15). De hecho, nuestra “fe para arrepentimiento” es esencial para que vengamos a Cristo, seamos perfeccionados en Él y disfrutemos las bendiciones del “gran y eterno plan de redención” (Alma 34:16).
El aceptar plenamente la expiación de nuestro Salvador puede aumentar nuestra fe y darnos el valor para despojarnos de las expectativas restringentes de que, de algún modo, es necesario que seamos perfectos o que hagamos las cosas de manera perfecta. Una manera rígida de pensar afirma que todo es absolutamente perfecto o irremediablemente imperfecto; pero, como hijos e hijas de Dios, podemos aceptar agradecidos que somos Su creación suprema (véanse Salmos 8:3–6; Hebreos 2:7), a pesar de que aún seamos una creación en proceso de desarrollo.
Al entender el amor expiatorio que nuestro Salvador da sin reserva, dejamos de temer que Él sea un juez severo y crítico; más bien, sentimos seguridad: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17); comprendemos que para progresar se necesita tiempo y que es un proceso (véase Moisés 7:21).

Nuestro ejemplo perfecto

Únicamente nuestro Salvador vivió una vida perfecta, e incluso Él aprendió y progresó en la experiencia terrenal. Ciertamente, “no recibió de la plenitud al principio, sino que continuó de gracia en gracia hasta que recibió la plenitud” (D. y C. 93:13).
A través de la experiencia terrenal, Él aprendió a tomar “[nuestras] enfermedades… sobre sí… a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo” (Alma 7:12). Él no cedió a las tentaciones, pecados o presiones cotidianas, sino que descendió por debajo de todas las pruebas y los retos de la vida terrenal (véase D. y C. 122:8).
En el sermón del Monte, el Salvador nos manda: “Sed, pues, vosotros perfectos” (Mateo 5:48). La palabra griega para perfecto se puede traducir como “completo, íntegro y plenamente desarrollado” (en la nota b al pie de página de Mateo 5:48). Nuestro Salvador nos pide que seamos completos, íntegros, plenamente desarrollados, a fin de ser perfeccionados en las virtudes y los atributos que Él y nuestro Padre Celestial manifiestan2.
Veamos cómo el aplicar la doctrina de la Expiación puede ayudar a aquéllos que sienten la necesidad de encontrar la perfección o de ser perfectos.

El perfeccionismo

El malentendido de lo que significa ser perfecto puede resultar en perfeccionismo, una actitud o conducta en la que el deseo admirable de ser bueno se convierte en una expectativa poco realista de ser perfectos ya. A veces, el perfeccionismo surge del sentimiento de que únicamente aquellos que son perfectos merecen que se les ame, o de que nosotros no merecemos ser felices a menos que seamos perfectos.
El perfeccionismo puede causar insomnio, ansiedad, desidia, desánimo, autojustificación y depresión. Esos sentimientos pueden desplazar la paz, el gozo y la seguridad que nuestro Salvador desea que tengamos.
Los misioneros que quieren ser perfectos ahora mismo, pueden sentir ansiedad o desánimo si el aprendizaje del idioma de la misión, el que las personas se bauticen o el recibir asignaciones de liderazgo no ocurren lo suficientemente rápido. Para los jóvenes capaces que están acostumbrados a sobresalir, quizás la misión sea el primer gran reto de su vida. No obstante, los misioneros pueden obedecer con exactitud sin ser perfectos; pueden medir su éxito principalmente por el compromiso de ayudar a las personas y a las familias “a ser miembros fieles de la Iglesia que disfruten de la presencia del Espíritu Santo”3.
Los estudiantes que inician un nuevo año escolar, especialmente los que dejan su hogar para estudiar en la universidad, sienten entusiasmo, pero también preocupación. Los becados, los atletas, los que se destacan en las artes y otros, pasan de ser una persona de mucha importancia en un grupo o una organización pequeña, a sentirse una persona común y corriente en un lugar nuevo, más grande e impredecible. Es fácil para los estudiantes que tienen tendencias perfeccionistas sentir que, no importa cuánto se esfuercen, han fracasado si no son los primeros en todo.
Tomando en cuenta las exigencias de la vida, los estudiantes pueden aprender que, a veces, está perfectamente bien esforzarse al máximo, y que no siempre es posible ser el mejor.
También imponemos expectativas de perfección en nuestros hogares. Es posible que un padre o una madre se sientan obligados a ser el cónyuge, el padre, el ama de casa o el sostén de familia perfectos, o de formar parte de una familia Santo de los Últimos Días perfecta, ya mismo.
¿Qué es lo que puede ayudar a quienes luchan con tendencias perfeccionistas? El hacerles preguntas que les brinden apoyo y que conduzcan a respuestas francas y detalladas les ayuda a saber que los amamos y aceptamos. Tales preguntas invitan a los demás a centrarse en lo positivo y nos permiten definir lo que consideramos que marcha bien. Los familiares y amigos pueden evitar hacer comparaciones que sean competitivas y, en vez de ello, brindar ánimo sinceramente.
Otra seria dimensión del perfeccionismo es esperar que los demás estén a la altura de nuestras normas poco realistas, moralistas o intolerantes. De hecho, ese tipo de comportamiento quizás obstruya o limite las bendiciones de la expiación del Salvador en nuestra vida y en la vida de los demás. Por ejemplo, los jóvenes adultos solteros tal vez hagan una lista de las cualidades que desean en un futuro cónyuge y, sin embargo, no se casen debido a las expectativas poco realistas que tengan del compañero o compañera perfectos.
Por consiguiente, una hermana quizás no esté dispuesta a considerar salir con un hermano maravilloso y digno porque éste no se ajusta a la escala perfeccionista de ella: no baila bien, no tiene pensado ser rico, no sirvió en una misión, o admite que tuvo un problema con la pornografía, algo que se resolvió mediante el arrepentimiento y el asesoramiento.
De manera similar, un hermano quizás no considere salir con una hermana maravillosa y digna que no encaje en el perfil poco realista que él tenga: no le gustan los deportes, no es presidenta de la Sociedad de Socorro, no ha ganado concursos de belleza, no tiene un minucioso presupuesto, o admite que previamente tuvo una debilidad con la Palabra de Sabiduría que ya se ha resuelto.
Por supuesto, debemos considerar las cualidades que deseamos en nosotros mismos y en un futuro cónyuge; debemos mantener nuestras más elevadas esperanzas y normas; pero, si somos humildes, nos sorprenderemos al encontrar lo bueno en los lugares menos esperados, y quizás creemos oportunidades para acercarnos a alguien que, al igual que nosotros, no es perfecto.
La fe reconoce que, mediante el arrepentimiento y el poder de la Expiación, las cosas débiles se pueden hacer fuertes y que los pecados de los cuales la persona se ha arrepentido verdaderamente son perdonados.
Los matrimonios felices no son el resultado de dos personas perfectas que intercambian votos; más bien, la devoción y el amor crecen a medida que a lo largo del trayecto dos personas imperfectas edifican, bendicen, ayudan, alientan y perdonan. En una ocasión, se le preguntó a la esposa de un profeta moderno cómo era estar casada con un profeta; sabiamente contestó que no se había casado con un profeta, sino que simplemente se había casado con un hombre que estaba totalmente dedicado a la Iglesia sin importar el llamamiento que recibiera4. En otras palabras, con el transcurso del tiempo, los esposos y las esposas progresan juntos, tanto en forma personal como en pareja.
La espera para tener el cónyuge perfecto, la educación perfecta, el trabajo perfecto o la casa perfecta será larga y solitaria. Somos sensatos si seguimos el Espíritu en las decisiones importantes de la vida y no permitimos que las dudas generadas por las exigencias perfeccionistas obstruyan nuestro progreso.
Para aquellos que quizás se sientan constantemente agobiados o preocupados, pregúntense con franqueza: “¿Defino la perfección y el éxito según las doctrinas del amor expiatorio del Salvador o de acuerdo con las normas del mundo? ¿Mido el éxito o el fracaso según la confirmación del Espíritu Santo respecto a mis deseos rectos o de acuerdo con alguna otra norma del mundo?”.
Para aquellos que se sienten física o emocionalmente agotados, empiecen a dormir y a descansar con regularidad, y tomen tiempo para comer y relajarse; reconozcan que estar ocupado no es lo mismo que ser digno, y que para ser digno no es necesaria la perfección5.
Para aquellos que tienden a ver sus propias debilidades o faltas, celebren con gratitud las cosas que hagan bien, ya sean grandes o pequeñas.
Para aquellos que temen el fracaso y que dejan las cosas para después, a veces preparándose demasiado, ¡tengan la seguridad y cobren ánimo de saber que no es necesario que se abstengan de las actividades que presentan desafíos y que pueden traerles gran progreso!
Si es necesario y apropiado, procuren asesoramiento espiritual o atención médica competente que los ayude a relajarse, a establecer maneras positivas de pensar y estructurar su vida, a disminuir conductas contraproducentes, y a experimentar y expresar más gratitud6.
La impaciencia obstruye la fe. La fe y la paciencia ayudarán a los misioneros a comprender un nuevo idioma o cultura, a los estudiantes a dominar nuevas materias, y a los jóvenes adultos solteros a empezar a entablar relaciones en vez de esperar a que todo sea perfecto. La fe y la paciencia también ayudarán a los que esperan autorizaciones para sellamientos en el templo o la restauración de las bendiciones del sacerdocio.
Al actuar y no dejar que se actúe sobre nosotros (véase 2 Nefi 2:14), podemos lograr una vida de equilibrio entre las virtudes complementarias y lograr gran parte del progreso en la vida. Éstas pueden aparecer en “una oposición”, siendo “un solo conjunto” (2 Nefi 2:11).
Por ejemplo, podemos cesar de ser ociosos (véase D. y C. 88:124) sin correr más aprisa de lo que las fuerzas nos permitan (véase Mosíah 4:27).
Podemos estar “anhelosamente consagrados a una causa buena” (D. y C. 58:27) mientras que al mismo tiempo y de vez en cuando hacemos una pausa para estar “tranquilos y [saber] que yo soy Dios” (Salmos 46:10; véase también D. y C. 101:16).
Podemos hallar nuestra vida al perderla por causa del Salvador (véase Mateo 10:39; 16:25).
Podemos no “[cansarnos] de hacer lo bueno” (D. y C. 64:33; véase también Gálatas 6:9) a la vez que tomamos el tiempo necesario para reanimarnos espiritual y físicamente.
Podemos ser alegres sin ser frívolos.
Podemos reír alegremente con alguien, pero no reírnos arrogantemente de alguien.
Nuestro Salvador y Su expiación nos invitan a “…[venir] a Cristo, y [a ser perfeccionados] en él”. Al hacerlo, Él promete que “…su gracia [nos] es suficiente, para que por su gracia [seamos] perfectos en Cristo” (Moroni 10:32).
Para aquellos que sienten el agobio de preocuparse demasiado por encontrar la perfección o por ser perfectos ahora mismo, el amor expiatorio que el Salvador da sin reserva nos asegura:
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar…
“Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28–30)7.

Llegar a ser perfectos en Cristo

Llegar a ser perfectos en Cristo


Gerrit W. Gong
El comprender el amor expiatorio que el Salvador da sin reserva nos puede librar de las expectativas incorrectas y falsas que nosotros mismos nos imponemos de lo que es la perfección.

Luz del mundo, por Howard Lyon, prohibida su reproducción.
Con nuestros hijos cantamos: “Yo siento Su amor, que me infunde calma”1.
Su amor expiatorio, dado sin reserva, es como “leche y miel sin dinero y sin precio” (2 Nefi 26:25). Por ser infinita y eterna (véase Alma 34:10), la Expiación nos invita a “[venir] a Cristo, y [perfeccionarnos] en él” (Moroni 10:32).
El comprender el amor expiatorio que el Salvador da sin reserva nos puede librar de las expectativas incorrectas y falsas que nosotros mismos nos imponemos de lo que es la perfección. Ese entendimiento nos permite despojarnos de los temores de que somos imperfectos: temores de que cometemos errores, temores de que no somos lo suficientemente buenos, temores de que somos un fracaso comparado con los demás, temores de que no estamos haciendo lo suficiente para merecer Su amor.
El amor expiatorio que el Salvador da sin reserva nos sirve para que seamos más tolerantes y menos críticos de los demás y de nosotros mismos. Ese amor reconcilia nuestras relaciones y nos brinda oportunidades de amar, comprender y prestar servicio a la manera del Salvador.
Su amor expiatorio cambia el concepto que tenemos de la perfección. Podemos depositar nuestra confianza en Él, guardar diligentemente Sus mandamientos y seguir adelante con fe (véase Mosíah 4:6), al mismo tiempo que sentimos mayor humildad, gratitud y dependencia en Sus méritos, misericordia y gracia (véase 2 Nefi 2:8).
En un sentido más amplio, el venir a Cristo y ser perfeccionados en Él coloca la perfección dentro del trayecto eterno de nuestro espíritu y cuerpo o, básicamente, en el trayecto eterno de nuestra alma (véase D. y C. 88:15). El llegar a ser perfectos es el resultado de nuestra travesía por la vida, la muerte y la resurrección físicas, cuando todas las cosas son restablecidas “a su propia y perfecta forma” (Alma 40:23); incluye el proceso del nacimiento espiritual, el cual ocasiona “un potente cambio” en nuestro corazón y disposición (Mosíah 5:2); refleja el refinamiento de toda nuestra vida mediante el servicio semejante al de Cristo y la obediencia a los mandamientos del Salvador y a nuestros convenios; y reconoce la relación que existe entre los vivos y los muertos, que es necesaria para llegar a la perfección (véase D. y C. 128:18).
No obstante, la palabra perfección a veces se malinterpreta, pensando que significa no cometer nunca un error. Quizás ustedes o alguien a quien conozcan estén esforzándose por ser perfectos de esa manera. Debido a que ese tipo de perfección siempre parece inalcanzable, incluso después de realizar nuestros mejores esfuerzos, podemos sentirnos intranquilos, desanimados o exhaustos. Tratamos infructuosamente de controlar nuestras circunstancias y a las personas que nos rodean; nos preocupamos demasiado por las debilidades humanas y los errores; y de hecho, cuanto más nos esforzamos, más alejados nos sentimos de la perfección que procuramos.
A continuación, intento profundizar nuestro aprecio por la doctrina de la expiación de Jesucristo y por el amor y la misericordia que el Salvador nos brinda sin reservas. Los invito a aplicar su entendimiento de la doctrina de la Expiación con el fin de ayudarse a ustedes mismos y a otras personas, incluso a misioneros, estudiantes, jóvenes adultos solteros, padres, madres, cabezas de familia que estén solos o solas, y otras personas que tal vez se sientan presionadas a encontrar la perfección y a ser perfectas.

La expiación de Jesucristo

Habiendo sido preparada desde la fundación del mundo (véase Mosíah 4:6–7), la expiación de nuestro Salvador nos permite aprender, arrepentirnos y progresar por medio de nuestras propias experiencias y decisiones.
En esta probación terrenal, tanto el crecimiento espiritual gradual “línea sobre línea” (D. y C. 98:12), así como las experiencias espirituales transformadoras de un “potente cambio” de corazón (Alma 5:12, 13; Mosíah 5:2), nos ayudan a venir a Cristo y a ser perfeccionados en Él. La conocida frase “perseverar hasta el fin” nos recuerda que el progreso eterno muchas veces implica tiempo, así como un proceso.
En el último capítulo del Libro de Mormón, el gran profeta Moroni nos enseña la manera de venir a Cristo y ser perfeccionados en Él. Nos “[abstenemos] de toda impiedad”; amamos “a Dios con toda [nuestra] alma, mente y fuerza”; entonces, Su gracia nos es suficiente “para que por su gracia [seamos] perfectos en Cristo”, lo cual “está en el convenio del Padre para remisión de [nuestros] pecados”, para que podamos “[llegar] a ser santos, sin mancha” (Moroni 10:32, 33).
En última instancia, es el “gran y postrer sacrificio” del Salvador lo que trae la “misericordia, que [sobrepuja] a la justicia y [provee] a los hombres la manera de tener fe para arrepentimiento” (Alma 34:14, 15). De hecho, nuestra “fe para arrepentimiento” es esencial para que vengamos a Cristo, seamos perfeccionados en Él y disfrutemos las bendiciones del “gran y eterno plan de redención” (Alma 34:16).
El aceptar plenamente la expiación de nuestro Salvador puede aumentar nuestra fe y darnos el valor para despojarnos de las expectativas restringentes de que, de algún modo, es necesario que seamos perfectos o que hagamos las cosas de manera perfecta. Una manera rígida de pensar afirma que todo es absolutamente perfecto o irremediablemente imperfecto; pero, como hijos e hijas de Dios, podemos aceptar agradecidos que somos Su creación suprema (véanse Salmos 8:3–6; Hebreos 2:7), a pesar de que aún seamos una creación en proceso de desarrollo.
Al entender el amor expiatorio que nuestro Salvador da sin reserva, dejamos de temer que Él sea un juez severo y crítico; más bien, sentimos seguridad: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17); comprendemos que para progresar se necesita tiempo y que es un proceso (véase Moisés 7:21).

Nuestro ejemplo perfecto

Únicamente nuestro Salvador vivió una vida perfecta, e incluso Él aprendió y progresó en la experiencia terrenal. Ciertamente, “no recibió de la plenitud al principio, sino que continuó de gracia en gracia hasta que recibió la plenitud” (D. y C. 93:13).
A través de la experiencia terrenal, Él aprendió a tomar “[nuestras] enfermedades… sobre sí… a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo” (Alma 7:12). Él no cedió a las tentaciones, pecados o presiones cotidianas, sino que descendió por debajo de todas las pruebas y los retos de la vida terrenal (véase D. y C. 122:8).
En el sermón del Monte, el Salvador nos manda: “Sed, pues, vosotros perfectos” (Mateo 5:48). La palabra griega para perfecto se puede traducir como “completo, íntegro y plenamente desarrollado” (en la nota b al pie de página de Mateo 5:48). Nuestro Salvador nos pide que seamos completos, íntegros, plenamente desarrollados, a fin de ser perfeccionados en las virtudes y los atributos que Él y nuestro Padre Celestial manifiestan2.
Veamos cómo el aplicar la doctrina de la Expiación puede ayudar a aquéllos que sienten la necesidad de encontrar la perfección o de ser perfectos.

El perfeccionismo

El malentendido de lo que significa ser perfecto puede resultar en perfeccionismo, una actitud o conducta en la que el deseo admirable de ser bueno se convierte en una expectativa poco realista de ser perfectos ya. A veces, el perfeccionismo surge del sentimiento de que únicamente aquellos que son perfectos merecen que se les ame, o de que nosotros no merecemos ser felices a menos que seamos perfectos.
El perfeccionismo puede causar insomnio, ansiedad, desidia, desánimo, autojustificación y depresión. Esos sentimientos pueden desplazar la paz, el gozo y la seguridad que nuestro Salvador desea que tengamos.
Los misioneros que quieren ser perfectos ahora mismo, pueden sentir ansiedad o desánimo si el aprendizaje del idioma de la misión, el que las personas se bauticen o el recibir asignaciones de liderazgo no ocurren lo suficientemente rápido. Para los jóvenes capaces que están acostumbrados a sobresalir, quizás la misión sea el primer gran reto de su vida. No obstante, los misioneros pueden obedecer con exactitud sin ser perfectos; pueden medir su éxito principalmente por el compromiso de ayudar a las personas y a las familias “a ser miembros fieles de la Iglesia que disfruten de la presencia del Espíritu Santo”3.
Los estudiantes que inician un nuevo año escolar, especialmente los que dejan su hogar para estudiar en la universidad, sienten entusiasmo, pero también preocupación. Los becados, los atletas, los que se destacan en las artes y otros, pasan de ser una persona de mucha importancia en un grupo o una organización pequeña, a sentirse una persona común y corriente en un lugar nuevo, más grande e impredecible. Es fácil para los estudiantes que tienen tendencias perfeccionistas sentir que, no importa cuánto se esfuercen, han fracasado si no son los primeros en todo.
Tomando en cuenta las exigencias de la vida, los estudiantes pueden aprender que, a veces, está perfectamente bien esforzarse al máximo, y que no siempre es posible ser el mejor.
También imponemos expectativas de perfección en nuestros hogares. Es posible que un padre o una madre se sientan obligados a ser el cónyuge, el padre, el ama de casa o el sostén de familia perfectos, o de formar parte de una familia Santo de los Últimos Días perfecta, ya mismo.
¿Qué es lo que puede ayudar a quienes luchan con tendencias perfeccionistas? El hacerles preguntas que les brinden apoyo y que conduzcan a respuestas francas y detalladas les ayuda a saber que los amamos y aceptamos. Tales preguntas invitan a los demás a centrarse en lo positivo y nos permiten definir lo que consideramos que marcha bien. Los familiares y amigos pueden evitar hacer comparaciones que sean competitivas y, en vez de ello, brindar ánimo sinceramente.
Otra seria dimensión del perfeccionismo es esperar que los demás estén a la altura de nuestras normas poco realistas, moralistas o intolerantes. De hecho, ese tipo de comportamiento quizás obstruya o limite las bendiciones de la expiación del Salvador en nuestra vida y en la vida de los demás. Por ejemplo, los jóvenes adultos solteros tal vez hagan una lista de las cualidades que desean en un futuro cónyuge y, sin embargo, no se casen debido a las expectativas poco realistas que tengan del compañero o compañera perfectos.
Por consiguiente, una hermana quizás no esté dispuesta a considerar salir con un hermano maravilloso y digno porque éste no se ajusta a la escala perfeccionista de ella: no baila bien, no tiene pensado ser rico, no sirvió en una misión, o admite que tuvo un problema con la pornografía, algo que se resolvió mediante el arrepentimiento y el asesoramiento.
De manera similar, un hermano quizás no considere salir con una hermana maravillosa y digna que no encaje en el perfil poco realista que él tenga: no le gustan los deportes, no es presidenta de la Sociedad de Socorro, no ha ganado concursos de belleza, no tiene un minucioso presupuesto, o admite que previamente tuvo una debilidad con la Palabra de Sabiduría que ya se ha resuelto.
Por supuesto, debemos considerar las cualidades que deseamos en nosotros mismos y en un futuro cónyuge; debemos mantener nuestras más elevadas esperanzas y normas; pero, si somos humildes, nos sorprenderemos al encontrar lo bueno en los lugares menos esperados, y quizás creemos oportunidades para acercarnos a alguien que, al igual que nosotros, no es perfecto.
La fe reconoce que, mediante el arrepentimiento y el poder de la Expiación, las cosas débiles se pueden hacer fuertes y que los pecados de los cuales la persona se ha arrepentido verdaderamente son perdonados.
Los matrimonios felices no son el resultado de dos personas perfectas que intercambian votos; más bien, la devoción y el amor crecen a medida que a lo largo del trayecto dos personas imperfectas edifican, bendicen, ayudan, alientan y perdonan. En una ocasión, se le preguntó a la esposa de un profeta moderno cómo era estar casada con un profeta; sabiamente contestó que no se había casado con un profeta, sino que simplemente se había casado con un hombre que estaba totalmente dedicado a la Iglesia sin importar el llamamiento que recibiera4. En otras palabras, con el transcurso del tiempo, los esposos y las esposas progresan juntos, tanto en forma personal como en pareja.
La espera para tener el cónyuge perfecto, la educación perfecta, el trabajo perfecto o la casa perfecta será larga y solitaria. Somos sensatos si seguimos el Espíritu en las decisiones importantes de la vida y no permitimos que las dudas generadas por las exigencias perfeccionistas obstruyan nuestro progreso.
Para aquellos que quizás se sientan constantemente agobiados o preocupados, pregúntense con franqueza: “¿Defino la perfección y el éxito según las doctrinas del amor expiatorio del Salvador o de acuerdo con las normas del mundo? ¿Mido el éxito o el fracaso según la confirmación del Espíritu Santo respecto a mis deseos rectos o de acuerdo con alguna otra norma del mundo?”.
Para aquellos que se sienten física o emocionalmente agotados, empiecen a dormir y a descansar con regularidad, y tomen tiempo para comer y relajarse; reconozcan que estar ocupado no es lo mismo que ser digno, y que para ser digno no es necesaria la perfección5.
Para aquellos que tienden a ver sus propias debilidades o faltas, celebren con gratitud las cosas que hagan bien, ya sean grandes o pequeñas.
Para aquellos que temen el fracaso y que dejan las cosas para después, a veces preparándose demasiado, ¡tengan la seguridad y cobren ánimo de saber que no es necesario que se abstengan de las actividades que presentan desafíos y que pueden traerles gran progreso!
Si es necesario y apropiado, procuren asesoramiento espiritual o atención médica competente que los ayude a relajarse, a establecer maneras positivas de pensar y estructurar su vida, a disminuir conductas contraproducentes, y a experimentar y expresar más gratitud6.
La impaciencia obstruye la fe. La fe y la paciencia ayudarán a los misioneros a comprender un nuevo idioma o cultura, a los estudiantes a dominar nuevas materias, y a los jóvenes adultos solteros a empezar a entablar relaciones en vez de esperar a que todo sea perfecto. La fe y la paciencia también ayudarán a los que esperan autorizaciones para sellamientos en el templo o la restauración de las bendiciones del sacerdocio.
Al actuar y no dejar que se actúe sobre nosotros (véase 2 Nefi 2:14), podemos lograr una vida de equilibrio entre las virtudes complementarias y lograr gran parte del progreso en la vida. Éstas pueden aparecer en “una oposición”, siendo “un solo conjunto” (2 Nefi 2:11).
Por ejemplo, podemos cesar de ser ociosos (véase D. y C. 88:124) sin correr más aprisa de lo que las fuerzas nos permitan (véase Mosíah 4:27).
Podemos estar “anhelosamente consagrados a una causa buena” (D. y C. 58:27) mientras que al mismo tiempo y de vez en cuando hacemos una pausa para estar “tranquilos y [saber] que yo soy Dios” (Salmos 46:10; véase también D. y C. 101:16).
Podemos hallar nuestra vida al perderla por causa del Salvador (véase Mateo 10:39; 16:25).
Podemos no “[cansarnos] de hacer lo bueno” (D. y C. 64:33; véase también Gálatas 6:9) a la vez que tomamos el tiempo necesario para reanimarnos espiritual y físicamente.
Podemos ser alegres sin ser frívolos.
Podemos reír alegremente con alguien, pero no reírnos arrogantemente de alguien.
Nuestro Salvador y Su expiación nos invitan a “…[venir] a Cristo, y [a ser perfeccionados] en él”. Al hacerlo, Él promete que “…su gracia [nos] es suficiente, para que por su gracia [seamos] perfectos en Cristo” (Moroni 10:32).
Para aquellos que sienten el agobio de preocuparse demasiado por encontrar la perfección o por ser perfectos ahora mismo, el amor expiatorio que el Salvador da sin reserva nos asegura:
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar…
“Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28–30)7.

JESUS nuestro Líder escogido y nuestro Salvador

Capítulo 3: Jesucristo, nuestro Líder escogido y nuestro Salvador

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 Se necesitaba un Líder y un Salvador

  • ¿Por qué fue necesario que saliéramos de la presencia de nuestro Padre Celestial? ¿Por qué necesitamos un Salvador?
Cuando se nos presentó el plan de salvación en el mundo espiritual preterrenal, nos sentimos tan felices que nos regocijamos (véase Job 38:7).
Comprendimos que tendríamos que dejar nuestro hogar celestial durante algún tiempo, es decir, que no viviríamos en la presencia de nuestro Padre Celestial. En la época que pasaríamos alejados de Él, todos cometeríamos pecados y algunos nos perderíamos. Nuestro Padre Celestial conocía y amaba a cada uno de nosotros, y sabía que necesitaríamos ayuda, por lo que planeó la manera de ayudarnos.
Necesitábamos un Salvador que pagara por nuestros pecados y que nos enseñase la forma de regresar a nuestro Padre Celestial. El Padre dijo: “…¿A quién enviaré?…” (Abraham 3:27). Jesucristo, que entonces se llamaba Jehová, dijo: “…Heme aquí; envíame…” (Abraham 3:27; véase también Moisés 4:1–4).
Jesús estuvo dispuesto a venir a la tierra, a dar Su vida por nosotros y a tomar sobre Sí nuestros pecados. Él, al igual que nuestro Padre Celestial, deseaba que decidiéramos si obedeceríamos los mandamientos de nuestro Padre Celestial. Sabía que debíamos ser libres para elegir a fin de que nos probáramos a nosotros mismos que éramos dignos de obtener la exaltación. Jesús dijo: “…Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre” (Moisés 4:2).
Satanás, que se llamaba Lucifer, también dijo: “…Heme aquí, envíame a mí. Seré tu hijo y redimiré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma, y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra” (Moisés 4:1). Satanás quería forzarnos a hacer su voluntad. De acuerdo con su plan, no se nos permitiría elegir y él nos quitaría la libertad de escoger que nos había concedido nuestro Padre. Satanás quería recibir todo el honor ante nuestra salvación; bajo su propuesta, se hubiera frustrado nuestro propósito de venir a la tierra (véase Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: David O. McKay, 2004, pág. 228).

Jesucristo llegó a ser nuestro Líder escogido y nuestro Salvador

  • A medida que lea esta sección, piense en cuanto a los sentimientos que tiene por el Salvador.
Después de escuchar a Sus dos hijos, nuestro Padre Celestial dijo: “…Enviaré al primero” (Abraham 3:27).
Jesucristo fue escogido y preordenado para ser nuestro Salvador; muchos pasajes de las Escrituras hablan acerca de ello (véase, por ejemplo, 1 Pedro 1:19–20; Moisés 4:1–2). Uno de esos pasajes nos dice que, muchos años antes de Su nacimiento, Jesús se le apareció al hermano de Jared, un profeta del Libro de Mormón, y le dijo: “He aquí, yo soy el que fue preparado desde la fundación del mundo para redimir a mi pueblo. He aquí, soy Jesucristo… En mí todo el género humano tendrá vida, y la tendrá eternamente, sí, aun cuantos crean en mi nombre…” (Éter 3:14).
Cuando Cristo vivió en la tierra, enseñó: “…he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió… Y ésta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:38, 40).

La guerra en los cielos

Debido a que nuestro Padre Celestial escogió a Jesucristo para que fuera nuestro Salvador, Satanás se llenó de ira y se rebeló, y hubo guerra en los cielos. Satanás y sus seguidores lucharon contra Jesucristo y los seguidores del Salvador; éstos últimos vencieron a Satanás “por medio de la sangre del Cordero y de la palabra de su testimonio” (Apocalipsis 12:11).
En esa gran rebelión, Satanás y todos los espíritus que le habían seguido fueron echados de la presencia de Dios y se los expulsó del cielo. Una tercera parte de las huestes celestiales fueron castigadas por seguir a Satanás (véase D. y C. 29:36) y se les negó el derecho de recibir cuerpos mortales.
Debido a que estamos aquí en la tierra y tenemos un cuerpo mortal, sabemos que escogimos seguir a Jesucristo y a nuestro Padre Celestial. Satanás y sus seguidores también están en la tierra, pero como espíritus, y no han olvidado quiénes somos; ellos están diariamente a nuestro alrededor tentándonos e incitándonos a hacer aquellas cosas que no le agradan a nuestro Padre Celestial. En nuestra vida preterrenal, escogimos seguir a Jesucristo y aceptar el plan de Dios. Debemos continuar siguiendo a Jesucristo aquí en la tierra; sólo siguiéndole a Él podremos regresar a nuestro hogar celestial.
  • ¿De qué manera continúa en la actualidad la guerra de los cielos?

Tenemos las enseñanzas del Salvador para guiarnos

  • Piense en qué manera han influido en usted las enseñanzas del Salvador.
Desde el principio, Jesucristo reveló el Evangelio, el cual nos enseña qué debemos hacer para regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial. En el tiempo señalado, Jesucristo mismo vino a la tierra y nos enseñó el plan de salvación y exaltación por medio de Su palabra y Su manera de vivir. Estableció Su Iglesia y Su sacerdocio en la tierra y tomó sobre Sí nuestros pecados.
Al seguir Sus enseñanzas, podemos heredar un lugar en el reino celestial. Él llevó a cabo la parte que le correspondía a fin de ayudarnos a regresar a nuestro hogar celestial, y ahora depende de cada uno de nosotros hacer nuestra parte y llegar a ser dignos de la exaltación.

Pasajes adicionales de las Escrituras

A los maestros: Podría pedir a los miembros de la clase o de la familia que estudien los “Pasajes adicionales de las Escrituras” individualmente, en parejas o en grupo.

martes, 1 de julio de 2014

Mensaje da el ejemplo se el ejemplo



                                                    Eres tu mormona ?
FAMILIA SANTO DE LOS ULTIMOS DIAS

Me hallaba lejos de casa asistiendo a una conferencia internacional relacionada con mi trabajo a la que asistían cientos de personas, pero yo era la única de mi localidad.
Una noche hubo una cena para todos los asistentes. Al entrar en el salón comedor, cada uno recibió cuatro boletos para usarlos en el bar para ordenar bebidas alcohólicas gratuitas. Se me ocurrió pensar lo fácil que sería para alguien que estuviese lejos de su hogar sentirse tentado por esa oportunidad, al creer que nadie llegaría a saberlo nunca. No fue más que un pensamiento pasajero y le devolví los boletos a la persona que estaba en la entrada.
Durante la cena me senté con siete desconocidos y bebí agua durante todo el tiempo que comimos, conversamos, reímos e intercambiamos información útil para nuestros empleos.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, saludé a un caballero que se había sentado a la mesa conmigo la noche anterior. Me alegró ver en su placa de identificación que era de la ciudad donde yo me había criado y en la que no había vivido desde hacía 35 años. Me había ido de allí al terminar la escuela secundaria para asistir a la universidad; luego me casé y me fui a vivir a otro sitio.
Al charlar sobre los lugares y los eventos de la comunidad que ambos conocíamos, me preguntó si aún tenía familia allí. Le contesté que no, pero que tenía muchas buenas amistades con las que seguía en contacto. Me preguntó quiénes eran y empecé a mencionarle los nombres de algunas.
Después de los primeros nombres, me detuvo y dijo: “Un momento, ¿es usted mormona? Todas las personas que ha mencionado son mormonas”.
Tras admitir que era Santo de los Últimos Días, me dijo qué buenos ciudadanos eran aquellos amigos, cómo habían servido a la comunidad y el buen ejemplo que eran para todos. Durante varios minutos compartió su admiración por la Iglesia y por mis amistades, diciéndome cómo habían abogado por el bien de la comunidad.
Al despedirnos, no pude evitar pensar en lo que habría pasado si hubiera decidido utilizar los boletos de las bebidas. Aquellas mismas personas de las que habíamos hablado me habían enseñado a escoger lo correcto. Si hubiese utilizado aquellos boletos, me habría resultado incómodo y vergonzoso admitir que era miembro de la Iglesia.
Cuán agradecida estoy por el ejemplo de aquellas amistades dignas, activas y serviciales 35 años después y a unos 3.200 km del hogar de mi juventud.

Mensaje da el ejemplo se el ejemplo



                                                    Eres tu mormona ?
FAMILIA SANTO DE LOS ULTIMOS DIAS

Me hallaba lejos de casa asistiendo a una conferencia internacional relacionada con mi trabajo a la que asistían cientos de personas, pero yo era la única de mi localidad.
Una noche hubo una cena para todos los asistentes. Al entrar en el salón comedor, cada uno recibió cuatro boletos para usarlos en el bar para ordenar bebidas alcohólicas gratuitas. Se me ocurrió pensar lo fácil que sería para alguien que estuviese lejos de su hogar sentirse tentado por esa oportunidad, al creer que nadie llegaría a saberlo nunca. No fue más que un pensamiento pasajero y le devolví los boletos a la persona que estaba en la entrada.
Durante la cena me senté con siete desconocidos y bebí agua durante todo el tiempo que comimos, conversamos, reímos e intercambiamos información útil para nuestros empleos.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, saludé a un caballero que se había sentado a la mesa conmigo la noche anterior. Me alegró ver en su placa de identificación que era de la ciudad donde yo me había criado y en la que no había vivido desde hacía 35 años. Me había ido de allí al terminar la escuela secundaria para asistir a la universidad; luego me casé y me fui a vivir a otro sitio.
Al charlar sobre los lugares y los eventos de la comunidad que ambos conocíamos, me preguntó si aún tenía familia allí. Le contesté que no, pero que tenía muchas buenas amistades con las que seguía en contacto. Me preguntó quiénes eran y empecé a mencionarle los nombres de algunas.
Después de los primeros nombres, me detuvo y dijo: “Un momento, ¿es usted mormona? Todas las personas que ha mencionado son mormonas”.
Tras admitir que era Santo de los Últimos Días, me dijo qué buenos ciudadanos eran aquellos amigos, cómo habían servido a la comunidad y el buen ejemplo que eran para todos. Durante varios minutos compartió su admiración por la Iglesia y por mis amistades, diciéndome cómo habían abogado por el bien de la comunidad.
Al despedirnos, no pude evitar pensar en lo que habría pasado si hubiera decidido utilizar los boletos de las bebidas. Aquellas mismas personas de las que habíamos hablado me habían enseñado a escoger lo correcto. Si hubiese utilizado aquellos boletos, me habría resultado incómodo y vergonzoso admitir que era miembro de la Iglesia.
Cuán agradecida estoy por el ejemplo de aquellas amistades dignas, activas y serviciales 35 años después y a unos 3.200 km del hogar de mi juventud.

Mensaje de Samuel profeta del antiguo testamento

Profetas del Antiguo Testamento
Samuel
“Lo que le sucedió al niño Samuel, cuando respondió al llamado del Señor, siempre ha sido una inspiración para mí”. —Presidente Thomas S. Monson
Mi madre, Ana, era estéril y oró en el templo para tener un hijo, prometiendo que lo daría al Señor. Dios contestó sus oraciones y me tuvo a mí. Mientras yo aún era pequeño, me llevó al templo para que sirviera al Señor, donde el sacerdote Elí me cuidó y me enseñó.
Cuando era niño, una noche oí una voz que me llamaba por mi nombre. Tres veces fui a donde estaba Elí, pero él no me había llamado; dijo que el que me llamaba era el Señor. Seguí el consejo de Elí cuando oí mi nombre por cuarta vez y respondí: “Habla, que tu siervo escucha”. El Señor me habló, y al ir creciendo, Él estuvo conmigo y me llamó para que fuera Su profeta.
Al envejecer, nombré a mis hijos jueces sobre Israel. Mis hijos eran inicuos, de modo que los ancianos de Israel pidieron tener un rey. Advertí a la gente de los peligros de tener un rey, pero siguieron insistiendo. El Señor me mandó que “[oyera] su voz”.
El Señor me envió a Saúl, que era “joven y apuesto”, y lo ungí como “príncipe sobre [el] pueblo Israel”. Él llegó a ser su rey; sin embargo, cuando el Señor le mandó a Saúl que destruyera a los amalecitas y todo lo que poseían, él desobedeció; se quedó con los animales de los amalecitas y los ofreció como sacrificios. Le enseñé a Saúl que “el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros”.
Debido a la desobediencia de Saúl, el Señor me mandó ungir a un nuevo rey de entre los hijos de Isaí. Isaí me presentó a sus siete hijos mayores, pero el Señor no había escogido a ninguno de ellos. El Señor me reveló que el hijo menor, David, debía ser el rey. Tal vez por su apariencia o estatura, los hermanos mayores de David se hayan visto más como futuros reyes; pero el Señor había elegido a ese joven pastor para dirigir a Su pueblo. De esa experiencia aprendí que “Jehová no mira lo que el hombre mira, pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón”.

Mensaje de Samuel profeta del antiguo testamento

Profetas del Antiguo Testamento
Samuel
“Lo que le sucedió al niño Samuel, cuando respondió al llamado del Señor, siempre ha sido una inspiración para mí”. —Presidente Thomas S. Monson
Mi madre, Ana, era estéril y oró en el templo para tener un hijo, prometiendo que lo daría al Señor. Dios contestó sus oraciones y me tuvo a mí. Mientras yo aún era pequeño, me llevó al templo para que sirviera al Señor, donde el sacerdote Elí me cuidó y me enseñó.
Cuando era niño, una noche oí una voz que me llamaba por mi nombre. Tres veces fui a donde estaba Elí, pero él no me había llamado; dijo que el que me llamaba era el Señor. Seguí el consejo de Elí cuando oí mi nombre por cuarta vez y respondí: “Habla, que tu siervo escucha”. El Señor me habló, y al ir creciendo, Él estuvo conmigo y me llamó para que fuera Su profeta.
Al envejecer, nombré a mis hijos jueces sobre Israel. Mis hijos eran inicuos, de modo que los ancianos de Israel pidieron tener un rey. Advertí a la gente de los peligros de tener un rey, pero siguieron insistiendo. El Señor me mandó que “[oyera] su voz”.
El Señor me envió a Saúl, que era “joven y apuesto”, y lo ungí como “príncipe sobre [el] pueblo Israel”. Él llegó a ser su rey; sin embargo, cuando el Señor le mandó a Saúl que destruyera a los amalecitas y todo lo que poseían, él desobedeció; se quedó con los animales de los amalecitas y los ofreció como sacrificios. Le enseñé a Saúl que “el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros”.
Debido a la desobediencia de Saúl, el Señor me mandó ungir a un nuevo rey de entre los hijos de Isaí. Isaí me presentó a sus siete hijos mayores, pero el Señor no había escogido a ninguno de ellos. El Señor me reveló que el hijo menor, David, debía ser el rey. Tal vez por su apariencia o estatura, los hermanos mayores de David se hayan visto más como futuros reyes; pero el Señor había elegido a ese joven pastor para dirigir a Su pueblo. De esa experiencia aprendí que “Jehová no mira lo que el hombre mira, pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón”.

lunes, 30 de junio de 2014

NOTICIAS MORMONES QUE AYUDAN A URUGUAY

Hospital de Flores cuenta con Sala de Quimioterapia

El Hospital “Dr. Edison Camacho” de Trinidad recibió en donación un equipamiento oncológico, de parte de los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
Si bien esa tecnología hace un tiempo está siendo utilizada por el centro de Salud Pública, fue recientemente que se formalizó la entrega del equipo por parte de Elder Ashton de los  Servicios de Ayuda Humanitaria de la Iglesia.
La Directora del Hospital Quím. Farm. Elena Soba, valoró esta donación para la Sala de Quimioterapia señalando que la misma surge a través de un proyecto enmarcado en el área de gestión del período

NOTICIAS MORMONES QUE AYUDAN A URUGUAY

FOTO DE NOTICIAS DE MORMONES QUE AYUDAN A URUGUAY
“Tenemos que cumplir determinadas condiciones, como mejora en la atención y en la satisfacción no sólo de los usuarios, sino también de los trabajadores, por lo que uno de esos proyectos está encarado hacia la prevención del cáncer de cuello de útero. En eso tenemos una mejora en la captación de las pacientes para Papanicolau pero también en la atención del paciente oncológico. Para eso vimos que teníamos una debilidad en cuanto al tratamiento,  ya que no teníamos un lugar específico para hacer los tratamientos de quimioterapia”, explicó la Directora.
FESTEJANDO LA AYUDA


BUENAS NOTICIAS MORMONES QUE AYUDAN A URUGUAY
 “Necesitábamos ese lugar, equiparlo y buscando el financiamiento se nos ocurrió recurrir a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. En principio les enviamos un resumen del proyecto, solicitando la colaboración; el mismo fue estudiado, se nos pidió más información que fuimos enviando, hasta que consideraron que reunía las condiciones para merecer su apoyo”, expresó la Quím. Farm. Elena Soba.
Elder Ashton que junto a su esposa es misionero de la Iglesia, dijo que con esa responsabilidad tienen que apoyar este tipo de proyectos.
“Hay muchos proyectos que la Iglesia tiene en el Uruguay y otros países en América del Sur, y es un placer para nosotros estar en Trinidad y en este Hospital para realizar esta donación a la Sala de Quimioterapia.

JESUS Y Nuestra familia celestial

Capítulo 2: Nuestra

 familia celestial

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  Somos hijos de nuestro Padre Celestial

  • ¿Qué nos enseñan las Escrituras y los profetas de los últimos días en cuanto a nuestra relación con Dios?
Dios no es sólo nuestro Gobernante y Creador, sino que también es nuestro Padre Celestial. Todo hombre y mujer es literalmente hijo o hija de Dios. “…el hombre, como espíritu, fue engendrado por padres celestiales, nació de ellos y se crió hasta la madurez en las mansiones eternas del Padre antes de venir a la tierra en un cuerpo temporal [físico]” (Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith, 1999, pág. 360).
Toda persona que ha nacido en la tierra es nuestro hermano o hermana espiritual. Debido a que somos hijos espirituales de Dios, hemos heredado el potencial de desarrollar las cualidades divinas que Él posee. Mediante la expiación de Jesucristo, podemos llegar a ser como nuestro Padre Celestial y recibir una plenitud de gozo.
A los maestros: No es necesario enseñar todo lo que se incluye en cada capítulo. A medida que se prepare con espíritu de oración para enseñar, busque la guía del Espíritu a fin de saber qué porciones del capítulo debe cubrir y qué preguntas debe hacer.
  • ¿Cómo influye en sus propios pensamientos, palabras y acciones el saber que usted es un hijo o una hija de Dios?

Mientras vivíamos en el cielo desarrollamos talentos y una personalidad

  • Piense en los talentos y los dones con los que ha sido bendecido.
Las Escrituras nos enseñan que los profetas se prepararon para llegar a ser líderes en la tierra mientras todavía eran espíritus celestiales (véase Alma 13:1–3). Antes de que nacieran con cuerpos terrenales, Dios los preordenó (escogió) para que fueran líderes en la tierra. Jesús, Adán y Abraham fueron algunos de esos líderes (véase Abraham 3:22–23). José Smith enseñó que “todo hombre que recibe el llamamiento de ejercer su ministerio a favor de los habitantes del mundo fue ordenado precisamente para ese propósito” (Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, págs. 544–545); sin embargo, toda persona en la tierra es libre de aceptar o rechazar cualquier oportunidad de dar servicio.
No todos éramos iguales en el cielo. Sabemos, por ejemplo, que éramos hijos e hijas de Padres Celestiales: hombres y mujeres (véase “La familia: Una proclamación para el mundo”, Liahona, octubre de 1998, pág. 24). Teníamos diferentes talentos y habilidades, y se nos llamó para efectuar cosas distintas en la tierra. Podemos aprender más sobre nuestras “posibilidades eternas” cuando recibimos la bendición patriarcal (véase Thomas S. Monson, en Conference Report, octubre de 1986, pág. 82; o en Liahona, enero de 1987, pág. 64).
Un velo cubre nuestros recuerdos de la vida preterrenal, pero nuestro Padre Celestial sabe quiénes somos y lo que hicimos antes de venir aquí. Él ha elegido el momento y el lugar en el que cada uno de nosotros debe nacer para aprender las lecciones que necesitaremos en forma individual y para hacer todo lo bueno que podamos con nuestros talentos y nuestra personalidad.
  • ¿De qué forma le han bendecido los talentos de otras personas?¿De qué manera pueden sus propios talentos y dones bendecir a otras personas?

Nuestro Padre Celestial nos presentó un plan para que llegáramos a ser semejantes a Él

  • ¿De qué forma nos prepara la vida terrenal para llegar a ser como nuestro Padre Celestial?
A los maestros: Habrá más posibilidades de que los alumnos o los integrantes de la familia den respuestas bien pensadas si se les da tiempo para meditar en lo que van a responder. Por ejemplo, después de hacer una pregunta, podría decir: “Por favor tomen un minuto para pensar en su respuesta, y después les pediré que la compartan”; luego deles tiempo para meditar.
Nuestro Padre Celestial sabía que no podríamos progresar más allá de cierto punto a menos que lo dejáramos durante algún tiempo. Él deseaba que nosotros cultiváramos las cualidades divinas que Él posee y, para que eso fuera posible, tendríamos que dejar nuestro hogar preterrenal para ser probados y obtener experiencia. Era necesario que nuestro espíritu fuera revestido con un cuerpo físico, el cual abandonaríamos a la hora de la muerte y con el que nos reuniríamos nuevamente en la resurrección. Después, recibiríamos un cuerpo inmortal semejante al de nuestro Padre Celestial. Si pasábamos nuestras pruebas, recibiríamos la plenitud de gozo que nuestro Padre Celestial ha recibido (véase D. y C. 93:30–34).
Nuestro Padre Celestial convocó un gran concilio a fin de presentar Su plan para nuestro progreso (véase Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: José Smith, págs. 220, 544–545) y aprendimos que, si seguíamos Su plan, llegaríamos a ser como Él; resucitaríamos y tendríamos todo poder en los cielos y en la tierra; llegaríamos a ser padres celestiales y tendríamos hijos espirituales tal como Él los tiene (véase D. y C. 132:19–20).
Aprendimos que Él nos proporcionaría una tierra en la cual seríamos probados (véase Abraham 3:24–26). Un velo cubriría nuestra memoria y olvidaríamos nuestro hogar celestial, lo cual era necesario a fin de que pudiésemos ejercer nuestro albedrío para escoger entre lo bueno y lo malo sin la influencia del recuerdo de haber vivido con nuestro Padre Celestial. De esa forma, lo obedeceríamos debido a nuestra fe en Él y no a causa del conocimiento o recuerdo que guardábamos de Él. Nuestro Padre Celestial nos ayudaría a reconocer la verdad cuando la escucháramos de nuevo en la tierra (véase Juan 18:37).
En el gran concilio también aprendimos en cuanto al propósito de nuestro progreso: el tener una plenitud de gozo. Sin embargo, también supimos que algunos serían engañados, escogerían otros senderos y se perderían. Nos enteramos de que todos tendríamos que pasar por pruebas durante la vida: enfermedades, desilusiones, penas, dolor y muerte; pero comprendimos que serían para nuestro bien y que nos servirían de experiencia (véase D. y C. 122:7). Si lo permitíamos, esas pruebas nos purificarían en lugar de vencernos; nos enseñarían a ser perseverantes, pacientes y caritativos (véase Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: Spencer W. Kimball, 2006, págs. 16–18).
En ese concilio aprendimos también que, debido a nuestras debilidades, todos nosotros pecaríamos, salvo los niños pequeños (véase D. y C. 29:46–47); se nos dijo que se nos proporcionaría un Salvador para que pudiésemos superar nuestros pecados y vencer la muerte con la resurrección. Aprendimos que si teníamos fe en Él, obedecíamos Su palabra y seguíamos Su ejemplo, seríamos exaltados y llegaríamos a ser como nuestro Padre Celestial; es decir, recibiríamos una plenitud de gozo.
  • Enumere algunos de los atributos de nuestro Padre Celestial. ¿Cómo nos ayuda el plan de salvación a desarrollar esos atributos?

Pasajes adicionales de las Escrituras

miércoles, 18 de junio de 2014

CHAT SUD CHATEA CON REPRESENTANTES DE JESUCRISTO

IGLESIA DE JESUCRISTO DE LOS SANTOS DE LOS ULTIMOS DIAS
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LA CONFIANZA EN CRISTO LAS ENSEÑANZAS QUE HA DEJADO NUESTRO SALVADOR.
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domingo, 15 de junio de 2014

JESUS SALVADOR PRETERRENAL(EXISTIAMOS ANTES DE VENIR A LA TIERRA?

HERMOSO DOCUMENTAL BIEN EXPLICADO JUNTO CON LAS ESCRITURAS DONDE NOS MUESTRA Y TESTIFICA PASO A PASO DE NUESTRA EXISTENCIA ANTES DE VENIR A LA TIERRA.
BASADO EN LAS ESCRITURAS Y ENSEÑANSAS DE LOS PROFETAS AQUI DESCUBRIRAN MUCHOS MISTERIOS QUE DESCONOCEN SI SOS CREYENTE O NO VALE LA PENA VERLO