Llegar a ser perfectos en Cristo
![]()
El comprender el amor expiatorio que el Salvador da sin reserva nos puede librar de las expectativas incorrectas y falsas que nosotros mismos nos imponemos de lo que es la perfección.
Luz del mundo, por Howard Lyon, prohibida su reproducción.
Con nuestros hijos cantamos: “Yo siento Su amor, que me infunde calma”1.
Su amor expiatorio, dado sin reserva, es como “leche y miel sin dinero y sin precio” (2 Nefi 26:25). Por ser infinita y eterna (véase Alma 34:10), la Expiación nos invita a “[venir] a Cristo, y [perfeccionarnos] en él” (Moroni 10:32).
El
comprender el amor expiatorio que el Salvador da sin reserva nos puede
librar de las expectativas incorrectas y falsas que nosotros mismos nos
imponemos de lo que es la perfección. Ese entendimiento nos permite
despojarnos de los temores de que somos imperfectos: temores de que
cometemos errores, temores de que no somos lo suficientemente buenos,
temores de que somos un fracaso comparado con los demás, temores de que
no estamos haciendo lo suficiente para merecer Su amor.
El
amor expiatorio que el Salvador da sin reserva nos sirve para que
seamos más tolerantes y menos críticos de los demás y de nosotros
mismos. Ese amor reconcilia nuestras relaciones y nos brinda
oportunidades de amar, comprender y prestar servicio a la manera del
Salvador.
Su
amor expiatorio cambia el concepto que tenemos de la perfección.
Podemos depositar nuestra confianza en Él, guardar diligentemente Sus
mandamientos y seguir adelante con fe (véase Mosíah 4:6), al mismo tiempo que sentimos mayor humildad, gratitud y dependencia en Sus méritos, misericordia y gracia (véase 2 Nefi 2:8).
En
un sentido más amplio, el venir a Cristo y ser perfeccionados en Él
coloca la perfección dentro del trayecto eterno de nuestro espíritu y
cuerpo o, básicamente, en el trayecto eterno de nuestra alma (véase D. y C. 88:15).
El llegar a ser perfectos es el resultado de nuestra travesía por la
vida, la muerte y la resurrección físicas, cuando todas las cosas son
restablecidas “a su propia y perfecta forma” (Alma 40:23); incluye el proceso del nacimiento espiritual, el cual ocasiona “un potente cambio” en nuestro corazón y disposición (Mosíah 5:2);
refleja el refinamiento de toda nuestra vida mediante el servicio
semejante al de Cristo y la obediencia a los mandamientos del Salvador y
a nuestros convenios; y reconoce la relación que existe entre los vivos
y los muertos, que es necesaria para llegar a la perfección (véase D. y C. 128:18).
No obstante, la palabra perfección
a veces se malinterpreta, pensando que significa no cometer nunca un
error. Quizás ustedes o alguien a quien conozcan estén esforzándose por
ser perfectos de esa manera. Debido a que ese tipo de perfección siempre
parece inalcanzable, incluso después de realizar nuestros mejores
esfuerzos, podemos sentirnos intranquilos, desanimados o exhaustos.
Tratamos infructuosamente de controlar nuestras circunstancias y a las
personas que nos rodean; nos preocupamos demasiado por las debilidades
humanas y los errores; y de hecho, cuanto más nos esforzamos, más
alejados nos sentimos de la perfección que procuramos.
A
continuación, intento profundizar nuestro aprecio por la doctrina de la
expiación de Jesucristo y por el amor y la misericordia que el Salvador
nos brinda sin reservas. Los invito a aplicar su entendimiento de la
doctrina de la Expiación con el fin de ayudarse a ustedes mismos y a
otras personas, incluso a misioneros, estudiantes, jóvenes adultos
solteros, padres, madres, cabezas de familia que estén solos o solas, y
otras personas que tal vez se sientan presionadas a encontrar la
perfección y a ser perfectas.
La expiación de Jesucristo
Habiendo sido preparada desde la fundación del mundo (véase Mosíah 4:6–7),
la expiación de nuestro Salvador nos permite aprender, arrepentirnos y
progresar por medio de nuestras propias experiencias y decisiones.
En esta probación terrenal, tanto el crecimiento espiritual gradual “línea sobre línea” (D. y C. 98:12), así como las experiencias espirituales transformadoras de un “potente cambio” de corazón (Alma 5:12, 13; Mosíah 5:2),
nos ayudan a venir a Cristo y a ser perfeccionados en Él. La conocida
frase “perseverar hasta el fin” nos recuerda que el progreso eterno
muchas veces implica tiempo, así como un proceso.
En
el último capítulo del Libro de Mormón, el gran profeta Moroni nos
enseña la manera de venir a Cristo y ser perfeccionados en Él. Nos
“[abstenemos] de toda impiedad”; amamos “a Dios con toda [nuestra] alma,
mente y fuerza”; entonces, Su gracia nos es suficiente “para que por su
gracia [seamos] perfectos en Cristo”, lo cual “está en el convenio del
Padre para remisión de [nuestros] pecados”, para que podamos “[llegar] a
ser santos, sin mancha” (Moroni 10:32, 33).
En
última instancia, es el “gran y postrer sacrificio” del Salvador lo que
trae la “misericordia, que [sobrepuja] a la justicia y [provee] a los
hombres la manera de tener fe para arrepentimiento” (Alma 34:14, 15).
De hecho, nuestra “fe para arrepentimiento” es esencial para que
vengamos a Cristo, seamos perfeccionados en Él y disfrutemos las
bendiciones del “gran y eterno plan de redención” (Alma 34:16).
El
aceptar plenamente la expiación de nuestro Salvador puede aumentar
nuestra fe y darnos el valor para despojarnos de las expectativas
restringentes de que, de algún modo, es necesario que seamos perfectos o
que hagamos las cosas de manera perfecta. Una manera rígida de pensar
afirma que todo es absolutamente perfecto o irremediablemente
imperfecto; pero, como hijos e hijas de Dios, podemos aceptar
agradecidos que somos Su creación suprema (véanse Salmos 8:3–6; Hebreos 2:7), a pesar de que aún seamos una creación en proceso de desarrollo.
Al
entender el amor expiatorio que nuestro Salvador da sin reserva,
dejamos de temer que Él sea un juez severo y crítico; más bien, sentimos
seguridad: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al
mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17); comprendemos que para progresar se necesita tiempo y que es un proceso (véase Moisés 7:21).
Nuestro ejemplo perfecto
Únicamente
nuestro Salvador vivió una vida perfecta, e incluso Él aprendió y
progresó en la experiencia terrenal. Ciertamente, “no recibió de la
plenitud al principio, sino que continuó de gracia en gracia hasta que
recibió la plenitud” (D. y C. 93:13).
A
través de la experiencia terrenal, Él aprendió a tomar “[nuestras]
enfermedades… sobre sí… a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a
los de su pueblo” (Alma 7:12).
Él no cedió a las tentaciones, pecados o presiones cotidianas, sino que
descendió por debajo de todas las pruebas y los retos de la vida
terrenal (véase D. y C. 122:8).
En el sermón del Monte, el Salvador nos manda: “Sed, pues, vosotros perfectos” (Mateo 5:48). La palabra griega para perfecto se puede traducir como “completo, íntegro y plenamente desarrollado” (en la nota b al pie de página de Mateo 5:48).
Nuestro Salvador nos pide que seamos completos, íntegros, plenamente
desarrollados, a fin de ser perfeccionados en las virtudes y los
atributos que Él y nuestro Padre Celestial manifiestan2.
Veamos
cómo el aplicar la doctrina de la Expiación puede ayudar a aquéllos que
sienten la necesidad de encontrar la perfección o de ser perfectos.
El perfeccionismo
El malentendido de lo que significa ser perfecto puede resultar en perfeccionismo,
una actitud o conducta en la que el deseo admirable de ser bueno se
convierte en una expectativa poco realista de ser perfectos ya.
A veces, el perfeccionismo surge del sentimiento de que únicamente
aquellos que son perfectos merecen que se les ame, o de que nosotros no
merecemos ser felices a menos que seamos perfectos.
El
perfeccionismo puede causar insomnio, ansiedad, desidia, desánimo,
autojustificación y depresión. Esos sentimientos pueden desplazar la
paz, el gozo y la seguridad que nuestro Salvador desea que tengamos.
Los
misioneros que quieren ser perfectos ahora mismo, pueden sentir
ansiedad o desánimo si el aprendizaje del idioma de la misión, el que
las personas se bauticen o el recibir asignaciones de liderazgo no
ocurren lo suficientemente rápido. Para los jóvenes capaces que están
acostumbrados a sobresalir, quizás la misión sea el primer gran reto de
su vida. No obstante, los misioneros pueden obedecer con exactitud sin
ser perfectos; pueden medir su éxito principalmente por el compromiso de
ayudar a las personas y a las familias “a ser miembros fieles de la
Iglesia que disfruten de la presencia del Espíritu Santo”3.
Los
estudiantes que inician un nuevo año escolar, especialmente los que
dejan su hogar para estudiar en la universidad, sienten entusiasmo, pero
también preocupación. Los becados, los atletas, los que se destacan en
las artes y otros, pasan de ser una persona de mucha importancia en un
grupo o una organización pequeña, a sentirse una persona común y
corriente en un lugar nuevo, más grande e impredecible. Es fácil para
los estudiantes que tienen tendencias perfeccionistas sentir que, no
importa cuánto se esfuercen, han fracasado si no son los primeros en
todo.
Tomando
en cuenta las exigencias de la vida, los estudiantes pueden aprender
que, a veces, está perfectamente bien esforzarse al máximo, y que no
siempre es posible ser el mejor.
También
imponemos expectativas de perfección en nuestros hogares. Es posible
que un padre o una madre se sientan obligados a ser el cónyuge, el
padre, el ama de casa o el sostén de familia perfectos, o de formar
parte de una familia Santo de los Últimos Días perfecta, ya mismo.
¿Qué
es lo que puede ayudar a quienes luchan con tendencias perfeccionistas?
El hacerles preguntas que les brinden apoyo y que conduzcan a
respuestas francas y detalladas les ayuda a saber que los amamos y
aceptamos. Tales preguntas invitan a los demás a centrarse en lo
positivo y nos permiten definir lo que consideramos que marcha bien. Los
familiares y amigos pueden evitar hacer comparaciones que sean
competitivas y, en vez de ello, brindar ánimo sinceramente.
Otra
seria dimensión del perfeccionismo es esperar que los demás estén a la
altura de nuestras normas poco realistas, moralistas o intolerantes. De
hecho, ese tipo de comportamiento quizás obstruya o limite las
bendiciones de la expiación del Salvador en nuestra vida y en la vida de
los demás. Por ejemplo, los jóvenes adultos solteros tal vez hagan una
lista de las cualidades que desean en un futuro cónyuge y, sin embargo,
no se casen debido a las expectativas poco realistas que tengan del
compañero o compañera perfectos.
Por
consiguiente, una hermana quizás no esté dispuesta a considerar salir
con un hermano maravilloso y digno porque éste no se ajusta a la escala
perfeccionista de ella: no baila bien, no tiene pensado ser rico, no
sirvió en una misión, o admite que tuvo un problema con la pornografía,
algo que se resolvió mediante el arrepentimiento y el asesoramiento.
De
manera similar, un hermano quizás no considere salir con una hermana
maravillosa y digna que no encaje en el perfil poco realista que él
tenga: no le gustan los deportes, no es presidenta de la Sociedad de
Socorro, no ha ganado concursos de belleza, no tiene un minucioso
presupuesto, o admite que previamente tuvo una debilidad con la Palabra
de Sabiduría que ya se ha resuelto.
Por
supuesto, debemos considerar las cualidades que deseamos en nosotros
mismos y en un futuro cónyuge; debemos mantener nuestras más elevadas
esperanzas y normas; pero, si somos humildes, nos sorprenderemos al
encontrar lo bueno en los lugares menos esperados, y quizás creemos
oportunidades para acercarnos a alguien que, al igual que nosotros, no
es perfecto.
La
fe reconoce que, mediante el arrepentimiento y el poder de la
Expiación, las cosas débiles se pueden hacer fuertes y que los pecados
de los cuales la persona se ha arrepentido verdaderamente son
perdonados.
Los
matrimonios felices no son el resultado de dos personas perfectas que
intercambian votos; más bien, la devoción y el amor crecen a medida que a
lo largo del trayecto dos personas imperfectas edifican, bendicen,
ayudan, alientan y perdonan. En una ocasión, se le preguntó a la esposa
de un profeta moderno cómo era estar casada con un profeta; sabiamente
contestó que no se había casado con un profeta, sino que simplemente se
había casado con un hombre que estaba totalmente dedicado a la Iglesia
sin importar el llamamiento que recibiera4.
En otras palabras, con el transcurso del tiempo, los esposos y las
esposas progresan juntos, tanto en forma personal como en pareja.
La
espera para tener el cónyuge perfecto, la educación perfecta, el
trabajo perfecto o la casa perfecta será larga y solitaria. Somos
sensatos si seguimos el Espíritu en las decisiones importantes de la
vida y no permitimos que las dudas generadas por las exigencias
perfeccionistas obstruyan nuestro progreso.
Para aquellos que quizás se sientan constantemente agobiados o preocupados, pregúntense con franqueza: “¿Defino la perfección y el éxito según las doctrinas del amor expiatorio del Salvador o de acuerdo con las normas del mundo? ¿Mido el éxito o el fracaso según la confirmación del Espíritu Santo respecto a mis deseos rectos o de acuerdo con alguna otra norma del mundo?”.
Para
aquellos que se sienten física o emocionalmente agotados, empiecen a
dormir y a descansar con regularidad, y tomen tiempo para comer y
relajarse; reconozcan que estar ocupado no es lo mismo que ser digno, y
que para ser digno no es necesaria la perfección5.
Para
aquellos que tienden a ver sus propias debilidades o faltas, celebren
con gratitud las cosas que hagan bien, ya sean grandes o pequeñas.
Para
aquellos que temen el fracaso y que dejan las cosas para después, a
veces preparándose demasiado, ¡tengan la seguridad y cobren ánimo de
saber que no es necesario que se abstengan de las actividades que
presentan desafíos y que pueden traerles gran progreso!
Si
es necesario y apropiado, procuren asesoramiento espiritual o atención
médica competente que los ayude a relajarse, a establecer maneras
positivas de pensar y estructurar su vida, a disminuir conductas
contraproducentes, y a experimentar y expresar más gratitud6.
La
impaciencia obstruye la fe. La fe y la paciencia ayudarán a los
misioneros a comprender un nuevo idioma o cultura, a los estudiantes a
dominar nuevas materias, y a los jóvenes adultos solteros a empezar a
entablar relaciones en vez de esperar a que todo sea perfecto. La fe y
la paciencia también ayudarán a los que esperan autorizaciones para
sellamientos en el templo o la restauración de las bendiciones del
sacerdocio.
Al actuar y no dejar que se actúe sobre nosotros (véase 2 Nefi 2:14),
podemos lograr una vida de equilibrio entre las virtudes
complementarias y lograr gran parte del progreso en la vida. Éstas
pueden aparecer en “una oposición”, siendo “un solo conjunto” (2 Nefi 2:11).
Por ejemplo, podemos cesar de ser ociosos (véase D. y C. 88:124) sin correr más aprisa de lo que las fuerzas nos permitan (véase Mosíah 4:27).
Podemos estar “anhelosamente consagrados a una causa buena” (D. y C. 58:27) mientras que al mismo tiempo y de vez en cuando hacemos una pausa para estar “tranquilos y [saber] que yo soy Dios” (Salmos 46:10; véase también D. y C. 101:16).
Podemos hallar nuestra vida al perderla por causa del Salvador (véase Mateo 10:39; 16:25).
Podemos no “[cansarnos] de hacer lo bueno” (D. y C. 64:33; véase también Gálatas 6:9) a la vez que tomamos el tiempo necesario para reanimarnos espiritual y físicamente.
Podemos ser alegres sin ser frívolos.
Podemos reír alegremente con alguien, pero no reírnos arrogantemente de alguien.
Nuestro
Salvador y Su expiación nos invitan a “…[venir] a Cristo, y [a ser
perfeccionados] en él”. Al hacerlo, Él promete que “…su gracia [nos] es
suficiente, para que por su gracia [seamos] perfectos en Cristo” (Moroni 10:32).
Para
aquellos que sienten el agobio de preocuparse demasiado por encontrar
la perfección o por ser perfectos ahora mismo, el amor expiatorio que el
Salvador da sin reserva nos asegura:
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar…
“Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28–30)7.
No hay comentarios:
Publicar un comentario