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lunes, 2 de febrero de 2015

JESUCRISTO Y LOS PROFETAS(PRINCIPIOS DEL EVANGELIO)

PRINCIPIOS DEL EVANGELIO

Capítulo 9: Los profetas de Dios





José SmithBrigham YoungJohn TaylorWilford WoodruffLorenzo SnowJoseph F. SmithHeber J. GrantGeorge Albert SmithDavid O. McKayJoseph Fielding SmithHarold B. LeeSpencer W. KimballEzra Taft BensonHoward W. HunterThomas S. Monson      

Los profetas son los representantes de Dios en la tierra

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    ¿Qué poderes y dones posee un profeta?
“Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Amós 3:7).
Muchas personas viven en la obscuridad, inseguras con respecto a la voluntad de Dios. Creen que los cielos están cerrados y que la gente debe enfrentar sola los peligros del mundo. ¡Cuán afortunados somos los Santos de los Últimos Días! Nosotros sabemos que Dios se comunica con la Iglesia por medio de Su profeta. Con un corazón agradecido, los Santos cantan por todo el mundo: “Te damos, Señor, nuestras gracias que mandas de nuevo venir profetas con tu Evangelio, guiándonos cómo vivir” (Himnos, Nº 10).
Un profeta es un hombre llamado por Dios para ser Su representante en la tierra. Cuando un profeta habla en nombre de Dios, es como si Dios mismo estuviera hablando (véase D. y C. 1:38). Un profeta es también un testigo especial de Cristo que testifica de Su divinidad y enseña Su evangelio. Un profeta enseña la verdad e interpreta la palabra de Dios; llama a los que no son justos al arrepentimiento y recibe revelaciones y dirección del Señor para nuestro beneficio. Él puede ver el futuro y predecir lo que va a acontecer con el fin de poner al mundo sobre aviso.
Un profeta puede proceder de varios estilos de vida. Puede ser joven o anciano, con una gran educación académica o no instruido; puede ser granjero, abogado o maestro. Los profetas de la antigüedad utilizaban túnicas y llevaban un bastón. Los profetas modernos visten traje (terno) y llevan portafolio. ¿Qué es entonces lo que determina que alguien es un verdadero profeta? Un profeta verdadero siempre es elegido por Dios y llamado por medio de la autoridad correspondiente del sacerdocio (véaseArtículos de Fe 1:5).
Los Santos de los Últimos Días sostienen a la Primera Presidencia y a los Doce Apóstoles como profetas; sin embargo, cuando decimos: “el profeta de la Iglesia”, nos referimos al Presidente de la Iglesia, quien es el presidente del sumo sacerdocio.

A través de todas las épocas, Dios ha llamado profetas para que guíen a la humanidad

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    ¿De qué manera han guiado los profetas a los hijos de Dios en el pasado?
Ha habido profetas sobre la tierra desde la época de Adán. Las experiencias de estos grandes hombres nos animan e inspiran. Moisés, un profeta del Antiguo Testamento, guió a miles de personas de su pueblo, sacándolas del cautiverio en Egipto y llevándolas hasta la tierra prometida. Él fue quien escribió los primeros cinco libros del Antiguo Testamento y quien registró los Diez Mandamientos. Nefi, un profeta del Libro de Mormón, viajó desde Jerusalén hasta el continente americano seiscientos años antes del nacimiento de Cristo. Este gran líder y colonizador nos legó muchos e importantes escritos en el Libro de Mormón. Juan el Bautista fue escogido para preparar al mundo para la venida del Señor Jesucristo. Por medio de José Smith, un profeta de los últimos días, el Señor restauró la Iglesia. José Smith también tradujo el Libro de Mormón siendo aún muy joven.
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    ¿Qué ha aprendido de la vida y las enseñanzas de los profetas?

En la actualidad tenemos un profeta viviente sobre la tierra

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    ¿Por qué tenemos necesidad de un profeta viviente en la actualidad?
Hoy tenemos un profeta viviente en la tierra y este profeta es el Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Él tiene el derecho de recibir revelación para toda la Iglesia; posee las “llaves del reino”, lo cual significa que tiene la autoridad para dirigir a toda la Iglesia y el reino de Dios sobre la tierra, incluso la administración de las ordenanzas del sacerdocio (véase Mateo 16:19). Ninguna persona, salvo el profeta y Presidente escogido, puede recibir la voluntad de Dios para todos los miembros de la Iglesia en general. El Señor dijo: “…nunca hay más de una persona a la vez sobre la tierra a quien se confieren este poder y las llaves de este sacerdocio” (D. y C. 132:7). Al Presidente de la Iglesia lo ayudan sus consejeros de la Primera Presidencia y los miembros del Quórum de los Doce, que también son profetas, videntes y reveladores.
Debemos hacer todo lo que el profeta nos dice que hagamos. El presidente Wilford Woodruff dijo que un profeta nunca conducirá a la Iglesia por mal camino:
“El Señor jamás permitirá que yo ni ningún otro hombre que sea Presidente de esta Iglesia los desvíe. No es parte del programa. No es la intención de Dios. Si yo intentara tal cosa, el Señor me quitaría de mi lugar” (Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: Wilford Woodruff, 2005, pág. 207).
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    ¿De qué manera ha influido en la Iglesia el profeta viviente ?

Debemos sostener y apoyar al profeta del Señor

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    ¿Qué podemos hacer para seguir y sostener al profeta?
A muchas personas les resulta fácil creer en los profetas de la antigüedad; sin embargo, es mucho más grandioso creer y seguir al profeta de la actualidad; nosotros levantamos la mano para sostener al Presidente de la Iglesia como profeta, vidente y revelador.
¿Cómo podemos sostener al profeta? Debemos orar por él, puesto que sus cargas son pesadas y, por lo tanto, necesita ser fortalecido por medio de las oraciones de los miembros de la Iglesia.
Debemos estudiar sus palabras; debemos escuchar los discursos que pronuncia en las conferencias generales. También podemos subscribirnos a la revista Liahona a fin de leer los discursos que da en las conferencias generales y otros mensajes.
Debemos seguir plenamente sus enseñanzas inspiradas y no solamente escoger partes de su inspirado consejo y desechar lo que nos resulte incómodo o difícil de cumplir. El Señor nos mandó que siguiéramos las inspiradas enseñanzas de Su profeta con las siguientes palabras:
“…daréis oído a todas [las] palabras y mandamientos [del profeta] que os dará según los reciba, andando delante de mí con toda santidad;
“porque recibiréis su palabra con toda fe y paciencia como si viniera de mi propia boca” (D. y C. 21:4–5).
El Señor nunca permitirá que el Presidente de la Iglesia nos conduzca por mal camino.
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    ¿Qué ha enseñado o en qué ha hecho hincapié recientemente el Presidente de la Iglesia?

Al obedecer al profeta se reciben grandes bendiciones;

si lo obedecemos, el Señor nos ha prometido: “…las puertas del infierno no prevalecerán contra vosotros; sí, y Dios el Señor dispersará los poderes de las tinieblas de ante vosotros, y hará sacudir los cielos para vuestro bien y para la gloria de su nombre” (D. y C. 21:6). Cuando hacemos lo que el profeta nos indica, recibimos bendiciones del cielo.
A fin de permanecer, la Iglesia verdadera debe estar “edificad[a] sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 2:20). Somos bendecidos en este mundo de inseguridad al tener a un profeta por medio del cual el Señor revela Su voluntad.
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    ¿Qué experiencias ha tenido cuando ha obedecido el consejo del profeta?
A los maestros: El compartir experiencias y el testificar invitan al Espíritu. Al finalizar esta lección, considere compartir alguna experiencia que haya tenido por haber seguido el consejo del Presidente de la Iglesia. Dé su testimonio del profeta viviente.

Pasajes adicionales de las Escrituras

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    Números 12:6 (Dios habla por medio de profetas).
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    1 Samuel 9:9 (a un profeta se le llama vidente).
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    Amós 3:7 (Dios revela Sus secretos a los profetas).
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    Mosíah 8:16–18 (un vidente puede saber de cosas que han pasado y de cosas futuras).
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    Lucas 1:70 (Dios habla por medio de profetas).
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    D. y C. 45:10, 15 (Dios habla en la actualidad tal como lo hizo en la antigüedad).
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    1 Nefi 22:2 (por medio del Espíritu, las cosas se dan a conocer a los profetas).
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    D. y C. 68:3–5 (cuando los siervos del Señor hablan inspiradospor el Espíritu Santo, es la intención, la voluntad y la voz del Señor).
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    D. y C. 107:65–67, 91–92 (los deberes del Presidente de la Iglesia).
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    D. y C. 43:1–7 (sólo el profeta está autorizado para recibir revelaciones para la Iglesia).

viernes, 8 de agosto de 2014

JESUSCRISTO Debemos orar a nuestro Padre Celestial

PRINCIPIOS DEL EVANGELIO

Capítulo 8: Debemos orar a nuestro Padre Celestial

 

¿Qué es la oración?

A los maestros: Este capítulo se organiza bajo cinco encabezamientos, cada uno de los cuales es una pregunta en cuanto a la oración. Usted puede utilizar estas preguntas como guía para su lección. Si el entorno del salón de clases es tal que se puedan tener análisis en grupos pequeños, considere dividir a los miembros de la clase en grupos de dos a cuatro integrantes y asignar a cada grupo una de las secciones del capítulo. Pida a cada grupo que lea y analice la sección asignada y que comparta experiencias personales que se relacionen con ella; luego analicen las cinco secciones todos juntos, centrándose en las preguntas que sean de mayor interés para los miembros de la clase.
Jesús enseñó: “Por tanto, siempre debéis orar al Padre en mi nombre”(3 Nefi 18:19).
La oración es una de las mayores bendiciones que tenemos mientras estamos sobre la tierra; por medio de ella podemos comunicarnos con nuestro Padre Celestial y buscar Su guía diariamente.
La oración es un diálogo franco y sincero con nuestro Padre Celestial. Debemos orar a Dios y a nadie más. No debemos orar a ningún otro ser ni cosa hecha por la mano del hombre o de Dios (véase Éxodo 20:3–5).

¿Por qué oramos?

La oración ha sido una parte importante del Evangelio desde el principio del mundo. Un ángel del Señor mandó a Adán y a Eva que se arrepintieran e invocaran a Dios en el nombre del Hijo (véase Moisés 5:8) y ese mandamiento nunca se ha revocado. La oración nos ayudará a acercarnos a Dios. Nuestras oraciones influyen en todos nuestros pensamientos, palabras y hechos.
Debemos orar para pedir la fortaleza necesaria para resistir las tentaciones de Satanás y sus seguidores (véase 3 Nefi 18:15; D. y C. 10:5); debemos orar para confesar nuestros pecados a Dios y pedirle que nos perdone (véase Alma 38:14).
Debemos orar para recibir la guía del Señor y Su ayuda en nuestro diario vivir. Debemos orar por nuestra familia y amigos, por nuestros vecinos, por nuestra cosecha y por nuestros animales, por nuestro trabajo diario y otras actividades. Debemos orar para pedir protección de nuestros enemigos (véase Alma 34:17–27).
Debemos orar para expresarle amor a nuestro Padre Celestial y para sentirnos más cerca de Él. Debemos orar a nuestro Padre para agradecerle nuestro bienestar y todo lo que nos da a diario (véase 1 Tesalonicenses 5:18). También debemos orar para pedir a nuestro Padre Celestial que nos dé la fortaleza necesaria para vivir el Evangelio.
Debemos orar con el fin de mantenernos en la senda recta y angosta que conduce a la vida eterna. Debemos orar a Dios, el autor de toda rectitud, para que seamos rectos en nuestros pensamientos, palabras y acciones.
  • ¿De qué forma le ha ayudado la oración a estar más cerca de nuestro Padre Celestial?

¿Cuándo debemos orar?

Podemos orar siempre que sintamos la necesidad de comunicarnos con nuestro Padre Celestial, ya sea en silencio o en voz alta. A veces necesitamos estar a solas para poder derramar toda nuestra alma a Él (véase Mateo 6:6). Además, podemos orar durante nuestras actividades diarias, en las reuniones de la Iglesia, en casa, al caminar por un sendero o por la calle, en el trabajo, al preparar la comida, doquiera que nos encontremos sin importar lo que estemos haciendo. Podemos orar de día o de noche; cuando estemos solos o con otras personas. Podemos tener a nuestro Padre Celestial en nuestros pensamientos en todo momento (véase Alma 34:27); podemos “ora[r] siempre…” (D. y C. 10:5).
En ocasiones, quizá no sintamos deseos de orar; tal vez nos sintamos enojados, desilusionados o disgustados. Sin embargo, en esos momentos es cuando debemos hacer un esfuerzo especial por orar (véase 2 Nefi 32:8–9).
Debemos orar en privado al menos una vez por la mañana y otra por la noche. En las Escrituras se nos habla de orar por la mañana, al mediodía y al atardecer (véase Alma 34:21).
Se nos ha mandado hacer oraciones familiares para que nuestra familia sea bendecida (véase 3 Nefi 18:21). Los líderes de la Iglesia nos han aconsejado orar en familia cada mañana y cada noche.
También tenemos el privilegio de orar para agradecer y pedir una bendición por los alimentos antes de cada comida.
Iniciamos y concluimos todas las reuniones de la Iglesia con una oración; damos gracias al Señor por Sus bendiciones y pedimos Su ayuda con el fin de adorarle en una forma que sea agradable para Él.

¿Cómo debemos orar?

No importa dónde estemos, ya sea que estemos de pie o arrodillados; ya sea que oremos verbalmente o en silencio, en forma individual o a favor de un grupo, debemos siempre hacerlo con fe, “…con un corazón sincero, con verdadera intención…” (Moroni 10:4).
Al orar a nuestro Padre Celestial, debemos decirle lo que realmente sentimos en el corazón, confiar en Él, pedirle perdón, suplicarle, agradecerle y expresarle nuestro amor. No debemos repetir palabras ni frases sin sentido (véase Mateo 6:7–8). Siempre debemos pedir que se haga Su voluntad, recordando que a veces lo que deseamos no es lo mejor para nosotros (véase 3 Nefi 18:20). Al terminar la oración, debemos hacerlo en el nombre de Jesucristo (véase 3 Nefi 18:19).

¿De qué forma se contestan las oraciones?

  • ¿Por qué piensa que las respuestas a las oraciones no siempre se reconocen fácilmente? ¿Por qué piensa que las respuestas a las oraciones no siempre llegan cuando las queremos o de la manera en que las queremos?
Las oraciones sinceras son siempre contestadas. A veces la respuesta es no, debido a que lo que hemos pedido no es lo mejor para nosotros; a veces la respuesta es sí, y experimentamos un sentimiento cálido y de seguridad con respecto a lo que debemos hacer (véase D. y C. 9:8–9). A veces, la respuesta es “espera un poco”. Nuestras oraciones son siempre contestadas en el momento y en la forma en que el Señor considera que son de más beneficio para nosotros.
En ocasiones, el Señor contesta nuestras oraciones por medio de otras personas, ya sea por medio de un buen amigo, nuestro cónyuge, uno de nuestros padres u otro miembro de la familia, un líder de la Iglesia o un misionero; cualquiera de esas personas puede ser inspirada a efectuar algo que sea la respuesta a nuestras oraciones. Un ejemplo de ello es la experiencia que tuvo una joven madre cuyo bebé sufrió un accidente: ella no tenía los medios para llevar a su pequeño al doctor, era nueva en el vecindario y no conocía a sus vecinos. La madre oró para pedir ayuda y, en pocos minutos, una vecina llamó a la puerta y dijo: “Tuve el impulso de venir y ver si necesitabas algo”. Entonces, la vecina ayudó a la joven madre a llevar el bebé al doctor.
Con frecuencia Dios nos da el poder para contestar nuestras propias oraciones. Cuando oramos para pedir ayuda, debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para lograr lo que deseamos.
A medida que vivamos el evangelio de Jesucristo y oremos siempre, tendremos gozo y felicidad. “Sé humilde; y el Señor tu Dios te llevará de la mano y dará respuesta a tus oraciones” (D. y C. 112:10).
  • ¿De qué manera nuestro Padre Celestial ha contestado sus oraciones?

Pasajes adicionales de las Escrituras y otros recursos

viernes, 1 de agosto de 2014

JESUS El Espíritu Santo

Capítulo 7: El Espíritu Santo

 

Adán y Eva recibieron el Espíritu Santo

  • ¿Por qué Adán y Eva necesitaban la guía del Espíritu Santo?
Después que Adán y Eva dejaron el Jardín de Edén, comenzaron a cultivar la tierra y a realizar otras tareas para su sustento. Tuvieron muchos hijos, quienes a su vez se casaron y también tuvieron hijos (véase Moisés 5:1–3). De esa forma, los hijos espirituales de nuestro Padre Celestial comenzaron a partir de Su presencia y a venir a la tierra tal como se les había prometido (véase Abraham 3:24–25). Al llegar a la tierra, se borró de su memoria el recuerdo de su hogar celestial; pero nuestro Padre Celestial no les retiró Su influencia, sino que les envió al Espíritu Santo para consolar, ayudar y guiar a todos Sus hijos espirituales.
A los maestros: Al llamar a los alumnos por su nombre, ellos sabrán que son importantes para usted y que usted está interesado en ellos. Conozca sus nombres y llámelos por su nombre durante cada lección, y ayúdelos a aprender los nombres de los demás alumnos de la clase.
Adán y Eva invocaron al Padre Celestial en oración y Él les habló y les dio mandamientos, los cuales obedecieron. Un ángel del Señor vino y les enseñó el plan de salvación. El Señor envió al Espíritu Santo para que testificara acerca del Padre y del Hijo y para que les enseñara el Evangelio a Adán y a Eva (véase Moisés 5:4–9).
Por medio del poder del Espíritu Santo, Adán “…empezó a profetizar concerniente a todas las familias de la tierra, diciendo: Bendito sea el nombre de Dios, pues a causa de mi transgresión se han abierto mis ojos, y tendré gozo en esta vida, y en la carne de nuevo veré a Dios” (Moisés 5:10). Debido al testimonio que el Espíritu Santo le dio a Eva, ella dijo: “…De no haber sido por nuestra transgresión, nunca habríamos tenido posteridad, ni hubiéramos conocido jamás el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los que son obedientes” (Moisés 5:11).
  • ¿De qué manera es similar la necesidad que tenemos nosotros de tener la guía del Espíritu Santo a la necesidad que tenían Adán y Eva?

Los atributos del Espíritu Santo

  • ¿En qué se diferencia el Espíritu Santo del Padre y del Hijo? ¿Por qué es esa diferencia importante para nosotros?
El Espíritu Santo es un miembro de la Trinidad (véase 1 Juan 5:7; D. y C. 20:28). Es un “…personaje de espíritu…” (D. y C. 130:22) que sólo puede estar en un lugar a la vez, pero Su influencia puede estar en todo lugar al mismo tiempo.
A nuestro Padre Celestial, Jesucristo y el Espíritu Santo se los llama la Trinidad. Ellos están unidos en propósito, y cada uno tiene una importante asignación en el plan de salvación. Nuestro Padre Celestial es nuestro Padre y gobernante; Jesucristo es nuestro Salvador y el Espíritu Santo es el revelador y el que da testimonio de toda verdad.
El Espíritu Santo es el mensajero de nuestro Padre Celestial y constituye un don especial para nosotros (véase el capítulo 21 de este libro).

La misión del Espíritu Santo

  • ¿Cuáles son algunas de las verdades que el Espíritu Santo nos revela?
La misión del Espíritu Santo es dar testimonio del Padre y del Hijo, y de la verdad de todas las cosas.
El Espíritu Santo nos testificará que Jesucristo es nuestro Salvador y Redentor (véase 3 Nefi 28:11; D. y C. 20:27). Él nos revelará que nuestro Padre Celestial es el Padre de nuestros espíritus y nos ayudará a comprender que podemos llegar a ser exaltados tal como nuestro Padre Celestial (véase Romanos 8:16–17). Los profetas del Señor han prometido: “Y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5).
Sin el Espíritu Santo, no podríamos saber que Jesús es el Cristo. El apóstol Pablo escribió: “…nadie puede afirmar que Jesús es el Señor, sino por el Espíritu Santo” (1 Corintios 12:3). El Salvador mismo dijo: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Es por medio del poder del Espíritu Santo que se brinda la guía necesaria para comprender y vivir el evangelio de Jesucristo.
El poder convincente del Espíritu Santo es tan grande que no puede haber duda de que lo que nos revela es verdad. El presidente Joseph Fielding Smith dijo:
“Cuando una persona tiene la manifestación del Espíritu Santo, queda una indeleble impresión en su alma, una que no es fácil de borrar. Es el Espíritu que habla al espíritu, y se recibe con una fuerza convincente. Una manifestación de un ángel, o aun del Hijo de Dios mismo, impresionaría a los ojos y a la mente, y al final se iría borrando; pero las impresiones del Espíritu Santo se graban profundamente en el alma y son más difíciles de borrar” (Answers to Gospel Questions, compilación de Joseph Fielding Smith Jr., 5 tomos, 1957–1966, tomo II, pág. 151).
El presidente Smith también dijo: “Por medio del Espíritu Santo la verdad es entretejida en cada fibra y tendón del cuerpo, de manera que no puede ser olvidada” (véase Doctrina de Salvación, compilación de Bruce R. McConkie, 3 tomos, 1954–1956, tomo I, pág. 45).
Como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, debemos ser dignos de recibir a este mensajero y testigo especial de nuestro Padre Celestial y de Jesucristo.
  • Piense en las ocasiones en que el Espíritu Santo le haya ayudado a que su testimonio crezca. Según sea apropiado, comparta algunas de estas experiencias con los miembros de la clase o de la familia.

Pasajes adicionales de las Escrituras

viernes, 25 de julio de 2014

JESUS La caída de Adán y Eva

Capítulo 6: La caída de Adán y Eva 

 


Adán y Eva fueron los primeros en venir a la tierra

  • ¿Qué evidencias nos ayudan a saber que Adán y Eva fueron espíritus valientes?
Dios preparó esta tierra a fin de que fuera un hogar para Sus hijos. Adán y Eva fueron elegidos para ser las primeras personas que viviesen en la tierra (véase Moisés 1:34; 4:26). Su participación en el plan del Padre era traer el estado mortal al mundo; ellos serían los primeros padres. (Véase D. y C. 107:54–56).
A los maestros: Emplee las preguntas que se encuentran al principio de la sección para comenzar un análisis y pida a los miembros de la clase o de la familia que consulten el texto a fin de encontrar más información. Haga uso de las preguntas al final de la sección para ayudar a los miembros de la clase o de la familia a meditar en el significado de lo que leyeron, a analizarlo y a ponerlo en práctica.
Adán y Eva se encontraban entre los hijos más nobles de nuestro Padre. En el mundo espiritual, Adán se llamaba el arcángel Miguel (véase D. y C. 27:11; Judas 1:9). Él fue escogido por nuestro Padre Celestial para dirigir a los justos en la batalla contra Satanás (véase Apocalipsis 12:7–9). Adán y Eva fueron preordenados para ser nuestros primeros padres. El Señor le prometió a Adán grandes bendiciones con estas palabras: “…Te he puesto para estar a la cabeza; multitud de naciones saldrán de ti, y tú les serás por príncipe para siempre” (D. y C. 107:55).
Eva fue “…la madre de todos los vivientes…” (Moisés 4:26). Dios unió a Adán y a Eva en matrimonio porque “…no era bueno que el hombre estuviese solo…” (Moisés 3:18; véase también 1 Corintios 11:11). Ella compartió la responsabilidad de Adán y también compartirá las bendiciones eternas de él.
  • ¿Qué aprendemos del ejemplo de Adán y Eva?

El Jardín de Edén

  • ¿Bajo qué condiciones vivían Adán y Eva en el Jardín de Edén?
Cuando Adán y Eva fueron colocados en el Jardín de Edén, aún no eran seres mortales; en ese estado, “…no hubieran tenido hijos…” (2 Nefi 2:23); no existía la muerte. Tenían una vida física debido a que sus espíritus estaban alojados en cuerpos físicos hechos con el polvo de la tierra (véase Moisés 6:59; Abraham 5:7), pero a la vez, poseían vida espiritual porque se encontraban en la presencia de Dios. Aún no habían elegido entre el bien y el mal.
Dios les mandó tener hijos, diciéndoles: “…Fructificad y multiplicaos, henchid la tierra y sojuzgadla; y tened dominio sobre… todo ser viviente que se mueve sobre la tierra” (Moisés 2:28). Dios les dijo que podían comer libremente de todo árbol que había en el huerto, salvo uno de ellos, el árbol de la ciencia del bien y del mal; de ese árbol, Dios dijo: “…el día en que de él comieres, de cierto morirás” (Moisés 3:17).
Satanás, que no conocía la mente de Dios, pero que intentaba destruir Su plan, se acercó a Eva en el Jardín de Edén y la tentó a comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, asegurándole que Adán y ella no morirían, sino que serían “…como dioses, conociendo el bien y el mal” (Moisés 4:11). Eva cedió a la tentación y comió del fruto. Cuando Adán supo lo que había pasado, decidió también comer del fruto. A los cambios que sufrieron Adán y Eva debido a que comieron del fruto, se les llama la Caída.

Adán y Eva fueron separados de la presencia de Dios

  • ¿Qué cambios físicos y espirituales experimentaron Adán y Eva como resultado de su transgresión?
Debido a que Adán y Eva comieron del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, el Señor los expulsó del Jardín de Edén y los envió al mundo. Su condición física cambió como resultado de haber comido del fruto prohibido; y tal como Dios lo había prometido, se volvieron seres mortales. Tanto ellos como sus hijos experimentarían enfermedades, dolor y muerte física.
Debido a su transgresión, Adán y Eva sufrieron también la muerte espiritual; eso significaba que ni ellos ni sus hijos podrían caminar ni hablar cara a cara con Dios. Adán y Eva y sus hijos fueron separados de la presencia de Dios, tanto física como espiritualmente.

De la transgresión resultaron grandes bendiciones

  • ¿De qué manera proporcionó la Caída oportunidades para que llegáramos a ser como nuestro Padre Celestial?
Algunas personas creen que Adán y Eva cometieron un grave pecado al comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal; sin embargo, las Escrituras de los últimos días nos ayudan a comprender que su Caída fue un paso necesario dentro del plan de la vida y una gran bendición para todos nosotros. Debido a la Caída, se nos ha bendecido con un cuerpo físico, con el derecho de escoger entre el bien y el mal, y con la oportunidad de obtener la vida eterna. Ninguno de esos privilegios hubieran sido nuestros si Adán y Eva hubiesen permanecido en el Jardín de Edén.
Después de la Caída, Eva dijo: “…De no haber sido por nuestra transgresión, nunca habríamos tenido posteridad [hijos], ni hubiéramos conocido jamás el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los que son obedientes” (Moisés 5:11).
El profeta Lehi explicó:
“Pues, he aquí, si Adán no hubiese transgredido, no habría caído [expulsado de la presencia de Dios], sino que habría permanecido en el jardín de Edén. Y todas las cosas que fueron creadas habrían permanecido en el mismo estado en que se hallaban después de ser creadas…
“Y no hubieran tenido hijos; por consiguiente, habrían permanecido en un estado de inocencia, sin sentir gozo, porque no conocían la miseria; sin hacer lo bueno, porque no conocían el pecado.
“Pero he aquí, todas las cosas han sido hechas según la sabiduría de aquel que todo lo sabe.
“Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:22–25).
  • ¿Por qué piensa que es importante saber en cuanto a la Caída y la influencia que ésta tiene en nosotros?

Pasajes adicionales de las Escrituras