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domingo, 13 de julio de 2014

Nefi contesto mi pregunta

SE CONTESTO MI PREGUNTA A TRAVEZ DE LAS ESCRITURAS

Soy miembro de la Iglesia desde que nací, pero mi familia raramente asistía mientras yo crecía. A pesar de ello, siempre encontré la manera de ir a la Iglesia sola. A principios de la década de los 70, prestaba servicio como maestra de seminario en Pittsburg, Kansas, EE. UU. Cuando estudiamos el Libro de Mormón, desafié a la clase, incluyéndome a mí misma, a que leyéramos el libro completo. Un día, mientras estaba leyendo, recibí un fuerte testimonio de que es verdadero.
Unos años después, mis padres vinieron a visitarme. Mientras estaban de visita, mi padre sacó algunos temas de conversación sobre los cuales no estábamos de acuerdo y de los que yo no quería hablar con él. No obstante, él insistió, al grado de que yo estaba a punto de perder la paciencia. Me retiré por un momento y me fui a mi cuarto, donde me arrodillé y oré al Padre Celestial pidiéndole ayuda para saber cómo actuar con mi padre. La respuesta llegó como un pensamiento: el relato de Nefi cuando rompió su arco.
Busqué el relato en 1 Nefi capítulo 16. Pensé en Nefi, que fue lo suficientemente humilde como para dirigirse a su padre, quien había murmurado en contra del Señor, para preguntarle dónde debía ir a buscar alimentos (véase el versículo 23). Con eso en mente, sentí la impresión de acudir a mi padre y pedirle consejo, así como una bendición del sacerdocio.
Cuando regresé a la sala y le pedí que me diera una bendición, se sintió conmovido y comenzó a llorar. “Déjame pensarlo”, dijo.
Los próximos días, él ayunó y oró. Entonces, antes de que mi mamá y mi papá se fueran, él me dio una bendición hermosa.
Después de esa experiencia, mi padre comenzó a cambiar. Cuando se fueron de Kansas para volver a su casa, mis padres visitaron Adán-ondi-Ahmán, en Misuri, EE. UU., donde mi padre tuvo una profunda experiencia espiritual.
Al poco tiempo, mis padres se activaron en la Iglesia y llegaron a ser Santos de los Últimos Días dedicados. Durante los años siguientes, sirvieron juntos en dos misiones: una en Alemania, y la otra en la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah, EE. UU. Mi padre prestaba servicio como patriarca de estaca cuando falleció en 1987.
El Señor sabía que mi padre era un buen hombre. Fue por medio del Libro de Mormón que recibí la respuesta a mi pregunta; y fue debido a que actué de acuerdo con la impresión que recibí que mi padre supo que tenía que ser un líder para nuestra familia. Esa experiencia cambió todo para nosotros.
He aprendido que el Libro de Mormón verdaderamente es otro testamento de Jesucristo y que fue escrito para nuestros días. Sé que puedo acudir a él cuando estoy desanimada o en cualquier otra situación; las respuestas están allí.
Verdaderamente, las “palabras de Cristo [nos] dirán todas las cosas que [debemos] hacer” (2 Nefi 32:3).

domingo, 15 de junio de 2014

Testimonio de oraciones

Sanara el señor a nuestro hijo?
Cuando nuestro hijo tenía cuatro años, solía pedirme con frecuencia que le cantara “Paz, cálmense” (Himnos, Nº 54). Los ojitos le brillaban durante el estribillo, cuando el Señor manda que los vientos y las olas se apacigüen. Me preguntaba acerca del poder de Jesús y yo le respondía que Él puede hacer cualquier cosa en rectitud porque tiene todo poder. El Salvador era el héroe de nuestro hijo.
Pero cuando cumplió 13 años, nuestro hijo cayó en una depresión profunda; no tenía deseos de hablar y ni siquiera de comer; perdió el interés en sus actividades anteriores, y particularmente no deseaba tomar parte en las oraciones familiares ni en la noche de hogar. Parecía no tener más interés en la Iglesia ni en el Evangelio.
El resto de la familia oraba y ayunaba por él a menudo, como también lo hacían los hermanos de nuestro barrio y de la estaca, y muchos de nuestros amigos y parientes. Todos nuestros esfuerzos se parecían a la experiencia de Alma, padre, al orar por su hijo (véase Mosíah 27:14, 22–23).
Como no queríamos que obedeciera el Evangelio a la fuerza, le dijimos que no tenía que participar en las oraciones familiares ni en las noches de hogar, pero que nos gustaría que estuviera allí con nosotros. Al seguir las palabras del Salvador en cuanto a “[orar] al Padre en vuestras familias… para que sean bendecidos vuestras esposas y vuestros hijos” (3 Nefi 18:21), tanto nuestras oraciones familiares como las noches de hogar llegaron a ser más poderosas. Sentíamos el Espíritu en nuestro hogar y, si bien nuestro hijo permanecía callado, estaba allí.
Poco a poco, a lo largo de los siguientes dos años, vimos cómo las oraciones y las noches de hogar influían en nuestro hijo. Durante una noche de hogar compartió su testimonio del Salvador y luego preguntó si él podía preparar una noche de hogar. Empezó a tomar parte en las oraciones familiares y a asistir a la Iglesia felizmente. Experimentó un potente cambio de corazón gracias a que sintió el amor redentor del Salvador (véase Alma 5:26). El Señor, con Su poder para sanar, ciertamente había salvado a nuestro hijo.
Empezó a estar contento y lleno de vida una vez más, dispuesto a ayudar a los demás y a mostrar amor, y me dijo que sabía que el Salvador lo había sanado. Las pruebas de nuestro hijo lo ayudaron a forjar un poderoso testimonio y a aumentar su amor por el Salvador, así como su confianza en Él. Prestó servicio al Señor como misionero en la Misión Argentina Buenos Aires Sur. A su regreso, se casó en el templo, y él y su esposa tienen una hija maravillosa.
Sé que el Salvador tiene el poder para sanar, obrar milagros y hacer que seamos felices en esta vida y en la venidera.

Testimonio de oraciones

Sanara el señor a nuestro hijo?
Cuando nuestro hijo tenía cuatro años, solía pedirme con frecuencia que le cantara “Paz, cálmense” (Himnos, Nº 54). Los ojitos le brillaban durante el estribillo, cuando el Señor manda que los vientos y las olas se apacigüen. Me preguntaba acerca del poder de Jesús y yo le respondía que Él puede hacer cualquier cosa en rectitud porque tiene todo poder. El Salvador era el héroe de nuestro hijo.
Pero cuando cumplió 13 años, nuestro hijo cayó en una depresión profunda; no tenía deseos de hablar y ni siquiera de comer; perdió el interés en sus actividades anteriores, y particularmente no deseaba tomar parte en las oraciones familiares ni en la noche de hogar. Parecía no tener más interés en la Iglesia ni en el Evangelio.
El resto de la familia oraba y ayunaba por él a menudo, como también lo hacían los hermanos de nuestro barrio y de la estaca, y muchos de nuestros amigos y parientes. Todos nuestros esfuerzos se parecían a la experiencia de Alma, padre, al orar por su hijo (véase Mosíah 27:14, 22–23).
Como no queríamos que obedeciera el Evangelio a la fuerza, le dijimos que no tenía que participar en las oraciones familiares ni en las noches de hogar, pero que nos gustaría que estuviera allí con nosotros. Al seguir las palabras del Salvador en cuanto a “[orar] al Padre en vuestras familias… para que sean bendecidos vuestras esposas y vuestros hijos” (3 Nefi 18:21), tanto nuestras oraciones familiares como las noches de hogar llegaron a ser más poderosas. Sentíamos el Espíritu en nuestro hogar y, si bien nuestro hijo permanecía callado, estaba allí.
Poco a poco, a lo largo de los siguientes dos años, vimos cómo las oraciones y las noches de hogar influían en nuestro hijo. Durante una noche de hogar compartió su testimonio del Salvador y luego preguntó si él podía preparar una noche de hogar. Empezó a tomar parte en las oraciones familiares y a asistir a la Iglesia felizmente. Experimentó un potente cambio de corazón gracias a que sintió el amor redentor del Salvador (véase Alma 5:26). El Señor, con Su poder para sanar, ciertamente había salvado a nuestro hijo.
Empezó a estar contento y lleno de vida una vez más, dispuesto a ayudar a los demás y a mostrar amor, y me dijo que sabía que el Salvador lo había sanado. Las pruebas de nuestro hijo lo ayudaron a forjar un poderoso testimonio y a aumentar su amor por el Salvador, así como su confianza en Él. Prestó servicio al Señor como misionero en la Misión Argentina Buenos Aires Sur. A su regreso, se casó en el templo, y él y su esposa tienen una hija maravillosa.
Sé que el Salvador tiene el poder para sanar, obrar milagros y hacer que seamos felices en esta vida y en la venidera.

domingo, 8 de junio de 2014

Testimonio de Dios

Puedo leer el libro?
Hace unos cincuenta años, cuando mi compañero de misión y yo estábamos tocando puertas cerca de la Universidad de Córdoba, Argentina, un joven nos invitó a su apartamento. De inmediato fue evidente que él y sus compañeros de cuarto nos habían invitado simplemente para contender en cuanto a la existencia de Dios.
Nosotros no queríamos discutir, así que acordamos reunirnos en otra ocasión para hablar sobre nuestro mensaje en un ambiente más apto para el aprendizaje. Al volver, el joven nos explicó la razón por la que creía que no había un Dios. Dijo que el hombre había inventado a Dios porque necesitaba creer en algo superior, algo sobrenatural.
Cuando nos tocó hablar a nosotros, le pregunté: “¿Cómo sabe que existen los Estados Unidos?”. Testifiqué que realmente existían y le pregunté si había otra evidencia que comprobara su existencia. Dijo que había leído de ello en los libros y los periódicos. Entonces le pregunté si creía en mi testimonio y en lo que él había leído. Con certeza dijo que sí.
“De modo que no podemos negar el testimonio de quienes, como yo, somos de los Estados Unidos”, le dije; “ni tampoco podemos negar el de aquellos que han escrito sobre ello”. El joven estuvo de acuerdo.
Entonces le pregunté: “Basándonos en esa hipótesis, ¿podemos negar los testimonios de aquellas personas que han visto a Dios y escrito en cuanto a su experiencia?”. Le mostré la Biblia y le dije que contenía los testimonios de hombres y mujeres que habían visto a Dios y a Jesucristo, y habían hablado con Ellos. Le pregunté si podríamos negar los testimonios que se encuentran en la Biblia y, con renuencia, contestó que no.
Luego pregunté: “¿Qué pensaría de un libro escrito por otras personas aparte de las de la Biblia y que han visto al mismo Dios que los escritores de la Biblia?”. Respondió que no existía tal libro.
Le mostramos el Libro de Mormón y le enseñamos el propósito que tiene. Le testificamos que era verdadero y que Dios todavía se comunica con el hombre por medio de profetas vivientes en la actualidad.
Sorprendido, el joven dijo: “He podido confundir a todos los predicadores de otras iglesias, pero ustedes tienen algo de lo que nunca antes había escuchado; ¿puedo leer ese libro?”. Le dimos el libro y le testificamos del amor que Dios siente por Sus hijos.
Debido a que ya era el final del semestre en la universidad, no pudimos visitar al joven antes de que regresara a su casa en Bolivia; pero oré pidiendo que leyera el libro y recibiera un testimonio.
En 2002, se me llamó a prestar servicio en una rama de habla hispana en el Centro de capacitación misional de Provo, Utah, EE. UU. Un domingo les conté esa historia a los misioneros. Después de la reunión, un misionero de Bolivia me dijo que había oído a un señor mayor de su estaca contar el relato de su conversión: la misma historia que yo les he contado aquí.
Se me llenaron los ojos de lágrimas; después de cuarenta años había recibido la respuesta a mis oraciones en cuanto a ese joven de Bolivia. Él había llegado a saber de la existencia de Dios y de Su gran plan de felicidad. Sé que algún día nos volveremos a encontrar y nos regocijaremos juntos en el Evangelio.

domingo, 1 de junio de 2014

Testimonio .tendremos nuestros hijos en la eternidad?

La promesa me dio esperanza


Poco después de casarnos, mi esposo y yo fuimos bendecidos con un hijo. Cuando veía su sonrisa y lo miraba a los ojos, me sentía en deuda con el Padre Celestial. Nuestro hijo me parecía perfecto. Mi esposo y yo agradecíamos a Dios a diario tan hermoso don.
El 19 de febrero de 2009, me hallaba empacando para volver a la universidad para mi último año de clases. Ni mi esposo ni yo sabíamos en ese momento que al día siguiente, nuestro amado hijo contraería fiebre y dejaría la vida mortal.
Fue una experiencia difícil de sobrellevar. Los miembros de nuestro barrio vinieron a casa para consolarnos con las Escrituras y los himnos, y para orar con nosotros. Valoré sus sentidas condolencias, pero mi dolor persistía. Cada vez que pensaba en mi hijo, se me llenaban los ojos de lágrimas.
Cuatro días después de su muerte, me sentí inspirada a estudiar Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith. Al tomar el libro, se abrió en mis manos en el capítulo: “Palabras de esperanza y consuelo en la ocasión de la muerte”. Comencé a leer y me sentí profundamente conmovida por las trágicas pérdidas que experimentaron José y Emma cuando empezaron su familia. Cuando llegué a un fragmento de un discurso que dio el Profeta en el funeral de un niña de dos años, sentí como si me hubieran echado agua fría sobre la cabeza, aliviando mis pensamientos colmados de aflicción.
Llamé a mi esposo, y juntos leímos: “He preguntado: ¿Por qué será que nos son arrebatados los pequeñuelos, los niños inocentes[?]… El Señor se lleva a muchos, aun en su infancia, a fin de que puedan verse libres… de las angustias y maldades de este mundo. Son demasiado puros, demasiado bellos para vivir sobre la tierra; por consiguiente, si se considera como es debido, veremos que tenemos razón para regocijarnos, en lugar de llorar, porque son librados del mal y dentro de poco los tendremos otra vez”.
El Profeta agregó: “Quizás se haga la pregunta: ‘¿Tendrán las madres a sus hijos en la eternidad?’ ¡Sí, sí! Madres, tendrán a sus hijos, porque ellos tendrán la vida eterna, porque su deuda está saldada”.
Desde que leímos esas hermosas palabras, nuestras oraciones familiares han estado llenas de gratitud por la promesa de que, gracias a la expiación de Jesucristo, estaremos nuevamente con nuestro hijo.
Actualmente tenemos tres maravillosos hijos, hermanos del que ya partió. Les estamos enseñando el verdadero Evangelio eterno, que los guiará nuevamente a su Padre Celestial y a su Salvador Jesucristo.
Sé que el mensaje del profeta José Smith acerca de la vida después de la muerte es verdadero. Por siempre estaré agradecida por la esperanza, la paz, el gozo y la felicidad que trae a nuestra familia, a ambos lados del velo.

Testimonio .tendremos nuestros hijos en la eternidad?

La promesa me dio esperanza


Poco después de casarnos, mi esposo y yo fuimos bendecidos con un hijo. Cuando veía su sonrisa y lo miraba a los ojos, me sentía en deuda con el Padre Celestial. Nuestro hijo me parecía perfecto. Mi esposo y yo agradecíamos a Dios a diario tan hermoso don.
El 19 de febrero de 2009, me hallaba empacando para volver a la universidad para mi último año de clases. Ni mi esposo ni yo sabíamos en ese momento que al día siguiente, nuestro amado hijo contraería fiebre y dejaría la vida mortal.
Fue una experiencia difícil de sobrellevar. Los miembros de nuestro barrio vinieron a casa para consolarnos con las Escrituras y los himnos, y para orar con nosotros. Valoré sus sentidas condolencias, pero mi dolor persistía. Cada vez que pensaba en mi hijo, se me llenaban los ojos de lágrimas.
Cuatro días después de su muerte, me sentí inspirada a estudiar Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith. Al tomar el libro, se abrió en mis manos en el capítulo: “Palabras de esperanza y consuelo en la ocasión de la muerte”. Comencé a leer y me sentí profundamente conmovida por las trágicas pérdidas que experimentaron José y Emma cuando empezaron su familia. Cuando llegué a un fragmento de un discurso que dio el Profeta en el funeral de un niña de dos años, sentí como si me hubieran echado agua fría sobre la cabeza, aliviando mis pensamientos colmados de aflicción.
Llamé a mi esposo, y juntos leímos: “He preguntado: ¿Por qué será que nos son arrebatados los pequeñuelos, los niños inocentes[?]… El Señor se lleva a muchos, aun en su infancia, a fin de que puedan verse libres… de las angustias y maldades de este mundo. Son demasiado puros, demasiado bellos para vivir sobre la tierra; por consiguiente, si se considera como es debido, veremos que tenemos razón para regocijarnos, en lugar de llorar, porque son librados del mal y dentro de poco los tendremos otra vez”.
El Profeta agregó: “Quizás se haga la pregunta: ‘¿Tendrán las madres a sus hijos en la eternidad?’ ¡Sí, sí! Madres, tendrán a sus hijos, porque ellos tendrán la vida eterna, porque su deuda está saldada”.
Desde que leímos esas hermosas palabras, nuestras oraciones familiares han estado llenas de gratitud por la promesa de que, gracias a la expiación de Jesucristo, estaremos nuevamente con nuestro hijo.
Actualmente tenemos tres maravillosos hijos, hermanos del que ya partió. Les estamos enseñando el verdadero Evangelio eterno, que los guiará nuevamente a su Padre Celestial y a su Salvador Jesucristo.
Sé que el mensaje del profeta José Smith acerca de la vida después de la muerte es verdadero. Por siempre estaré agradecida por la esperanza, la paz, el gozo y la felicidad que trae a nuestra familia, a ambos lados del velo.

viernes, 30 de mayo de 2014

TESTIMONIOS REALES DE CRISTIANOS

AHORA SE QUE HAY UN DIOS

Hace algunos años, presté servicio como obrera en el Templo de Santiago, Chile. Una noche comencé a tener problemas para respirar, por lo que, renuentemente, pedí salir más temprano.
Mientras caminaba hacia la estación del metro, oré pidiendo que el tren que tenía que tomar estuviera allí para poder llegar a casa rápido. Pensé que mi oración había sido contestada cuando vi que había un tren parado en la plataforma; pero, al acercarme, me di cuenta de que los empleados del tren se apresuraban a ayudar a un pasajero que parecía tener un ataque al corazón. Las palabras de mi himno favorito resonaron en mi mente: “¿En el mundo acaso he hecho hoy a alguno favor o bien?”. De inmediato sentí la impresión de que debía ayudar.
Me apresuré a llegar hasta donde el personal había llevado al joven para esperar la ambulancia y me permitieron quedarme con él. Oré para saber qué hacer y rogué al Padre Celestial que salvara la vida del joven. No lo quise dejar solo y asustado, por lo que lo tomé de la mano y traté de ayudarlo a permanecer tranquilo; le aseguré que tenía una larga vida por delante y que Dios tenía un propósito para él. Averigüé el número de teléfono de su familia, los llamé y les informé que su hijo iba camino al hospital y que no se encontraba solo.
Cuando llegaron los paramédicos, los seguí hasta la ambulancia y sentí que debía quedarme con el joven hasta que llegara su familia. Para mi sorpresa, los paramédicos decidieron que debía acompañarlos, de modo que sostuve la mano del joven durante todo el viaje al hospital.
Poco después de llegar, lo llevaron a la sala de emergencia y yo me quedé afuera esperando a su familia. Cuando llegaron, su madre comenzó a llorar, me abrazó y dijo que se sentía feliz de que todavía quedara gente buena en el mundo.
Una semana después, el joven me llamó por teléfono y me dijo que los doctores habían dicho que el haber permanecido tranquilo durante el tiempo que demoró en llegar al hospital había sido crucial.
Hasta ese día, él no había creído en Dios. Me quedé sin palabras cuando él dijo: “¡Usted me salvó la vida y siempre le voy a estar agradecido! Ahora sé que hay un Dios”.
Cuando salí del templo temprano ese día, el Espíritu me guió al lugar correcto en el momento oportuno. Me sentí agradecida a mi Padre Celestial por haberme guiado y por haberme dado la valentía de hacer lo que dice el himno y no dejar pasar la oportunidad, aun cuando lo único que podía hacer fuera sostener la mano de un extraño.

TESTIMONIOS REALES DE CRISTIANOS

AHORA SE QUE HAY UN DIOS

Hace algunos años, presté servicio como obrera en el Templo de Santiago, Chile. Una noche comencé a tener problemas para respirar, por lo que, renuentemente, pedí salir más temprano.
Mientras caminaba hacia la estación del metro, oré pidiendo que el tren que tenía que tomar estuviera allí para poder llegar a casa rápido. Pensé que mi oración había sido contestada cuando vi que había un tren parado en la plataforma; pero, al acercarme, me di cuenta de que los empleados del tren se apresuraban a ayudar a un pasajero que parecía tener un ataque al corazón. Las palabras de mi himno favorito resonaron en mi mente: “¿En el mundo acaso he hecho hoy a alguno favor o bien?”. De inmediato sentí la impresión de que debía ayudar.
Me apresuré a llegar hasta donde el personal había llevado al joven para esperar la ambulancia y me permitieron quedarme con él. Oré para saber qué hacer y rogué al Padre Celestial que salvara la vida del joven. No lo quise dejar solo y asustado, por lo que lo tomé de la mano y traté de ayudarlo a permanecer tranquilo; le aseguré que tenía una larga vida por delante y que Dios tenía un propósito para él. Averigüé el número de teléfono de su familia, los llamé y les informé que su hijo iba camino al hospital y que no se encontraba solo.
Cuando llegaron los paramédicos, los seguí hasta la ambulancia y sentí que debía quedarme con el joven hasta que llegara su familia. Para mi sorpresa, los paramédicos decidieron que debía acompañarlos, de modo que sostuve la mano del joven durante todo el viaje al hospital.
Poco después de llegar, lo llevaron a la sala de emergencia y yo me quedé afuera esperando a su familia. Cuando llegaron, su madre comenzó a llorar, me abrazó y dijo que se sentía feliz de que todavía quedara gente buena en el mundo.
Una semana después, el joven me llamó por teléfono y me dijo que los doctores habían dicho que el haber permanecido tranquilo durante el tiempo que demoró en llegar al hospital había sido crucial.
Hasta ese día, él no había creído en Dios. Me quedé sin palabras cuando él dijo: “¡Usted me salvó la vida y siempre le voy a estar agradecido! Ahora sé que hay un Dios”.
Cuando salí del templo temprano ese día, el Espíritu me guió al lugar correcto en el momento oportuno. Me sentí agradecida a mi Padre Celestial por haberme guiado y por haberme dado la valentía de hacer lo que dice el himno y no dejar pasar la oportunidad, aun cuando lo único que podía hacer fuera sostener la mano de un extraño.

miércoles, 28 de mayo de 2014

TESTIMONIOS DE CRISTIANOS

¿Cómo supieron?

El presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, impartió un mensaje a las hermanas de la Sociedad de Socorro durante la Reunión General de la Sociedad de Socorro de 2011, que me llegó al corazón y me brindó paz. Él se refirió a la diminuta flor nomeolvides, y a sus cinco pétalos, para representar cinco cosas que siempre debemos recordar.
Después de la reunión, mi hija Alyssa me contó un relato acerca de su amiga Jessie, que es dueña de un pequeño negocio de servicio de comida. Las líderes de la Sociedad de Socorro de su estaca le encargaron a Jessie preparar un postre para servir después de la Reunión General de la Sociedad de Socorro. Jessie le comentó a Alyssa que inmediatamente supo lo que debía preparar: 250 pastelitos individuales. Alyssa se ofreció para ayudar a transportarlos hasta el centro de estaca.
Llegó el día de la reunión, y cuando Alyssa fue para ayudar, encontró a Jessie al borde del llanto. Los pastelitos estaban listos, pero Jessie había enviado una foto de los pequeños pasteles a una pariente, quien le había dicho que no eran lo suficientemente elegantes para la reunión.
Jessie comenzó a dudar de sí misma; llegó a la conclusión de que las líderes de la Sociedad de Socorro de la estaca estarían esperando algo más refinado que sus simples pastelitos. Trató desesperadamente de pensar en alguna manera de redecorarlos, pero no había tiempo. Ella y Alyssa los llevaron tal y como estaban, y Jessie sentía que había defraudado a las hermanas… hasta que habló el presidente Uchtdorf.
Cuando él habló acerca de las diminutas flores nomeolvides, apareció en la pantalla la imagen de una florecita azul; era una florecita tan sencilla, pero tan hermosa con sus delicados pétalos veteados. El mensaje del presidente Uchtdorf conmovió a todas las hermanas; en él, nos rogaba que no nos dejáramos distraer tanto por las grandes flores exóticas a nuestro alrededor, al grado de que nos olvidáramos de las cinco sencillas, pero importantes, verdades que nos estaba enseñando.
Tras la oración final, las hermanas se dirigieron al salón cultural. Cuando Alyssa y Jessie entraron, encontraron a todas alrededor de la mesa de los postres, preguntando: “¿Cómo supieron?”.
Cada pastelito tenía un glaseado blanco, decorado con una sencilla, bella y delicada nomeolvides de cinco pétalos.

TESTIMONIOS DE CRISTIANOS

¿Cómo supieron?

El presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, impartió un mensaje a las hermanas de la Sociedad de Socorro durante la Reunión General de la Sociedad de Socorro de 2011, que me llegó al corazón y me brindó paz. Él se refirió a la diminuta flor nomeolvides, y a sus cinco pétalos, para representar cinco cosas que siempre debemos recordar.
Después de la reunión, mi hija Alyssa me contó un relato acerca de su amiga Jessie, que es dueña de un pequeño negocio de servicio de comida. Las líderes de la Sociedad de Socorro de su estaca le encargaron a Jessie preparar un postre para servir después de la Reunión General de la Sociedad de Socorro. Jessie le comentó a Alyssa que inmediatamente supo lo que debía preparar: 250 pastelitos individuales. Alyssa se ofreció para ayudar a transportarlos hasta el centro de estaca.
Llegó el día de la reunión, y cuando Alyssa fue para ayudar, encontró a Jessie al borde del llanto. Los pastelitos estaban listos, pero Jessie había enviado una foto de los pequeños pasteles a una pariente, quien le había dicho que no eran lo suficientemente elegantes para la reunión.
Jessie comenzó a dudar de sí misma; llegó a la conclusión de que las líderes de la Sociedad de Socorro de la estaca estarían esperando algo más refinado que sus simples pastelitos. Trató desesperadamente de pensar en alguna manera de redecorarlos, pero no había tiempo. Ella y Alyssa los llevaron tal y como estaban, y Jessie sentía que había defraudado a las hermanas… hasta que habló el presidente Uchtdorf.
Cuando él habló acerca de las diminutas flores nomeolvides, apareció en la pantalla la imagen de una florecita azul; era una florecita tan sencilla, pero tan hermosa con sus delicados pétalos veteados. El mensaje del presidente Uchtdorf conmovió a todas las hermanas; en él, nos rogaba que no nos dejáramos distraer tanto por las grandes flores exóticas a nuestro alrededor, al grado de que nos olvidáramos de las cinco sencillas, pero importantes, verdades que nos estaba enseñando.
Tras la oración final, las hermanas se dirigieron al salón cultural. Cuando Alyssa y Jessie entraron, encontraron a todas alrededor de la mesa de los postres, preguntando: “¿Cómo supieron?”.
Cada pastelito tenía un glaseado blanco, decorado con una sencilla, bella y delicada nomeolvides de cinco pétalos.