viernes, 18 de julio de 2014

JESUS Y La Creación

Capítulo 5: La Creación

El plan que Dios tiene para nosotros

  • ¿Por qué fue necesario que viniéramos a la tierra?
Cuando vivíamos en calidad de hijos espirituales con nuestros Padres Celestiales, nuestro Padre Celestial nos habló del plan que tenía para que llegáramos a ser más como Él. Cuando escuchamos Su plan, nos regocijamos(véase Job 38:7). Estábamos ansiosos por tener nuevas experiencias y, para que eso sucediera, era necesario que nos alejáramos de la presencia de nuestro Padre y recibiéramos cuerpos mortales. Necesitábamos otro lugar para vivir en donde pudiéramos prepararnos para ser como Él. A nuestro nuevo hogar se le llamó tierra.
  • ¿Por qué piensa que nos regocijamos cuando se nos presentó el plan de salvación?
A los maestros: Algunos miembros de la clase o de la familia quizá no se sientan cómodos al leer en voz alta. Antes de pedirles que lo hagan, quizá desee preguntar: “¿A quién le gustaría leer?”, y luego escoja a las personas que se hayan ofrecido para hacerlo.

Jesús creó la tierra

Jesucristo creó este mundo y todo lo que hay en él; también creó muchos mundos más, y lo hizo por medio del poder del sacerdocio, bajo la dirección de nuestro Padre Celestial. Dios el Padre dijo: “Y he creado incontables mundos… y por medio del Hijo, que es mi Unigénito, los he creado” (Moisés 1:33). Tenemos otros testimonios de esta verdad. José Smith y Sidney Rigdon vieron a Jesucristo en una visión y testificaron “que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:24).

Cómo se llevó a cabo la Creación

  • ¿Cuáles son los propósitos de la Creación?
La tierra y todo lo que hay en ella se creó espiritualmente antes de crearse físicamente (véase Moisés 3:5). Al planear la creación de la tierra en su estado físico, Cristo dijo a quienes se hallaban con Él: “…Descenderemos, pues hay espacio allá… y haremos una tierra sobre la cual éstos [los hijos espirituales de nuestro Padre Celestial] puedan morar” (Abraham 3:24).
Bajo la dirección del Padre, Cristo formó y organizó la tierra. Dividió la luz de las tinieblas para hacer el día y la noche. Formó el sol, la luna y las estrellas; separó las aguas de la tierra seca para formar mares, ríos y lagos. Hizo que la tierra fuera hermosa y productiva, y creó el césped, los árboles, las flores y otras plantas de todo tipo; dichas plantas contenían semillas de las cuales podrían crecer nuevas plantas. Después, creó los animales: peces, ganado, insectos y toda clase de aves. Esos animales tenían la habilidad de reproducirse según su especie.
Ahora, la tierra estaba lista para la creación más importante: el género humano. Nuestros espíritus recibirían cuerpos de carne y sangre para que pudieran vivir en la tierra. “Y yo, Dios, dije a mi Unigénito, el cual fue conmigo desde el principio: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y fue hecho…” (Moisés 2:26). Y así fueron formados el primer hombre, Adán, y la primera mujer, Eva, y se les dieron cuerpos semejantes a los de nuestros padres celestiales. “…a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27). Cuando el Señor hubo terminado Sus creaciones, se sintió complacido y supo que Su obra era buena, y descansó por un tiempo.

Las creaciones de Dios demuestran Su amor

  • ¿Cómo nos demuestran las creaciones de Dios que Él nos ama?
Ahora vivimos en este hermoso mundo. Piense en el sol, que nos brinda calor y luz; en la lluvia, que hace que las plantas crezcan y que deja el ambiente limpio y fresco. Piense en lo hermoso que es escuchar el canto de un pajarillo o en la risa de un amigo, incluso en lo maravilloso que es nuestro cuerpo; la forma en la cual podemos trabajar, divertirnos y descansar. Al considerar todas esas creaciones, comenzamos a entender lo sabios, poderosos y amorosos que son Jesucristo y nuestro Padre Celestial. Ellos nos han demostrado un gran amor al proporcionarnos lo necesario para satisfacer todas nuestras necesidades.
La vida vegetal y la animal también se hicieron con el propósito de darnos gozo. El Señor dijo: “sí, todas las cosas que de la tierra salen, en su sazón, son hechas para el beneficio y el uso del hombre, tanto para agradar la vista como para alegrar el corazón; sí, para ser alimento y vestidura, para gustar y oler, para vigorizar el cuerpo y animar el alma” (D. y C. 59:18–19). A pesar de que las creaciones de Dios son muchas, Él las conoce y las ama a todas. Él dijo: “…para mí todas las cosas están contadas, porque son mías y las conozco” (Moisés 1:35).
  • ¿Cuáles son algunas de las cosas que usted aprecia en cuanto a las creaciones de Dios?

Pasajes adicionales de las Escrituras

domingo, 13 de julio de 2014

Nefi contesto mi pregunta

SE CONTESTO MI PREGUNTA A TRAVEZ DE LAS ESCRITURAS

Soy miembro de la Iglesia desde que nací, pero mi familia raramente asistía mientras yo crecía. A pesar de ello, siempre encontré la manera de ir a la Iglesia sola. A principios de la década de los 70, prestaba servicio como maestra de seminario en Pittsburg, Kansas, EE. UU. Cuando estudiamos el Libro de Mormón, desafié a la clase, incluyéndome a mí misma, a que leyéramos el libro completo. Un día, mientras estaba leyendo, recibí un fuerte testimonio de que es verdadero.
Unos años después, mis padres vinieron a visitarme. Mientras estaban de visita, mi padre sacó algunos temas de conversación sobre los cuales no estábamos de acuerdo y de los que yo no quería hablar con él. No obstante, él insistió, al grado de que yo estaba a punto de perder la paciencia. Me retiré por un momento y me fui a mi cuarto, donde me arrodillé y oré al Padre Celestial pidiéndole ayuda para saber cómo actuar con mi padre. La respuesta llegó como un pensamiento: el relato de Nefi cuando rompió su arco.
Busqué el relato en 1 Nefi capítulo 16. Pensé en Nefi, que fue lo suficientemente humilde como para dirigirse a su padre, quien había murmurado en contra del Señor, para preguntarle dónde debía ir a buscar alimentos (véase el versículo 23). Con eso en mente, sentí la impresión de acudir a mi padre y pedirle consejo, así como una bendición del sacerdocio.
Cuando regresé a la sala y le pedí que me diera una bendición, se sintió conmovido y comenzó a llorar. “Déjame pensarlo”, dijo.
Los próximos días, él ayunó y oró. Entonces, antes de que mi mamá y mi papá se fueran, él me dio una bendición hermosa.
Después de esa experiencia, mi padre comenzó a cambiar. Cuando se fueron de Kansas para volver a su casa, mis padres visitaron Adán-ondi-Ahmán, en Misuri, EE. UU., donde mi padre tuvo una profunda experiencia espiritual.
Al poco tiempo, mis padres se activaron en la Iglesia y llegaron a ser Santos de los Últimos Días dedicados. Durante los años siguientes, sirvieron juntos en dos misiones: una en Alemania, y la otra en la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah, EE. UU. Mi padre prestaba servicio como patriarca de estaca cuando falleció en 1987.
El Señor sabía que mi padre era un buen hombre. Fue por medio del Libro de Mormón que recibí la respuesta a mi pregunta; y fue debido a que actué de acuerdo con la impresión que recibí que mi padre supo que tenía que ser un líder para nuestra familia. Esa experiencia cambió todo para nosotros.
He aprendido que el Libro de Mormón verdaderamente es otro testamento de Jesucristo y que fue escrito para nuestros días. Sé que puedo acudir a él cuando estoy desanimada o en cualquier otra situación; las respuestas están allí.
Verdaderamente, las “palabras de Cristo [nos] dirán todas las cosas que [debemos] hacer” (2 Nefi 32:3).

JESUS La libertad de escoger

Capítulo 4: La libertad de escoger

 El albedrío es un principio eterno

hijo de dios tomando el camino
  • Si alguien le preguntara por qué es importante tener albedrío, ¿qué diría?
“…podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido;…” (Moisés 3:17).
Dios nos ha dicho por medio de Sus profetas que somos libres de escoger entre el bien y el mal. Podemos elegir la libertad y la vida eterna al seguir a Jesucristo; también somos libres para elegir el cautiverio y la muerte como resultado de seguir a Satanás (véase 2 Nefi 2:27). Al derecho de escoger entre el bien y el mal, y de actuar según nuestra voluntad se le llama albedrío.
En la vida preterrenal poseíamos albedrío moral. Uno de los propósitos de la vida terrenal es demostrar qué tipo de decisiones tomaremos (véase 2 Nefi 2:15–16). Si se nos forzara a escoger lo correcto, no podríamos demostrar lo que hubiéramos elegido por nosotros mismos; además, somos más dichosos cuando tomamos nuestras propias decisiones.
El albedrío fue uno de los temas principales que surgió en el concilio de los cielos, en la vida preterrenal, y fue una de las causas principales del conflicto entre los seguidores de Cristo y los seguidores de Satanás. Satanás dijo: “…Heme aquí, envíame a mí. Seré tu hijo y redimiré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma, y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra” (Moisés 4:1). Al decir esto, “…se rebeló contra [Dios], y pretendió destruir el albedrío del hombre…” (Moisés 4:3). Su propuesta se rechazó y fue expulsado de los cielos junto con sus seguidores (véase D. y C. 29:36–37).

El albedrío es una parte necesaria del plan de salvación

El albedrío hace de nuestra vida terrenal un período de probación. Cuando planeaba la creación terrenal de Sus hijos, Dios dijo: “y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare” (Abraham 3:25). Sin el don del albedrío habríamos sido incapaces de demostrarle a nuestro Padre Celestial que hubiéramos hecho todo lo que Él nos mandara. Debido a que podemos escoger, somos responsables de nuestras propias acciones (véase Helamán 14:30–31).
Cuando elegimos vivir de acuerdo con el plan que Dios tiene para nosotros, nuestro albedrío se fortalece. Las decisiones correctas aumentan nuestra capacidad de tomar más decisiones correctas.
Al obedecer cada uno de los mandamientos de nuestro Padre Celestial, progresamos en sabiduría y fortalecemos nuestro carácter; aumenta nuestra fe y nos resulta más fácil tomar decisiones correctas.
Comenzamos a tomar decisiones cuando vivíamos en la presencia de nuestro Padre Celestial como hijos espirituales; las decisiones que allí tomamos nos hicieron dignos de venir a la tierra. Nuestro Padre Celestial desea que aumente nuestra fe, nuestro poder, nuestro conocimiento, nuestra sabiduría y toda otra cualidad positiva. Si guardamos Sus mandamientos y tomamos decisiones correctas, aprenderemos y comprenderemos; y llegaremos a ser como Él (véase D. y C. 93:28).
  • ¿De qué forma el tomar decisiones correctas nos ayuda a tomar más decisiones correctas?

Para que exista el albedrío tiene que haber opciones

  • ¿Por qué es necesaria la oposición?
No podemos escoger la rectitud a menos que se nos presente la opción entre lo bueno y lo malo. Lehi, un gran profeta del Libro de Mormón, le dijo a su hijo Jacob que, a fin de que se cumpliesen los eternos propósitos de Dios debía haber “…una oposición en todas las cosas. Pues de otro modo, …no se podría llevar a efecto la rectitud ni la iniquidad, ni tampoco la santidad ni la miseria, ni el bien ni el mal…” (2 Nefi 2:11).
Dios permite que Satanás se oponga a lo bueno, y dijo de él:
“…hice que fuese echado abajo…
“y llegó a ser Satanás, sí, el diablo, el padre de todas las mentiras, para engañar y cegar a los hombres y llevarlos cautivos según la voluntad de él, sí, a cuantos no quieran escuchar mi voz” (Moisés 4:3–4).
Satanás hace todo lo que está a su alcance para destruir la obra de Dios y procura “…la miseria de todo el género humano… pues él busca que todos los hombres sean miserables como él” (2 Nefi 2:18, 27); él no nos ama ni desea nada bueno para nosotros (véase Moroni 7:17); no desea que seamos felices, sino que seamos sus esclavos, y se oculta tras sus muchos disfraces para esclavizarnos.
Cuando cedemos ante las tentaciones de Satanás, limitamos nuestras opciones. El siguiente ejemplo demuestra la forma en que eso sucede. Imaginen que ven un letrero en la playa que dice: “Peligro. Remolino. Prohibido nadar en esta zona”; tal vez podríamos pensar que eso representa una restricción, pero, ¿lo es en realidad? Todavía tenemos muchas opciones: podemos ir a nadar a otro lado; somos libres de caminar por la playa y juntar caracolas de mar; somos libres de contemplar la puesta del sol y de regresar a casa. También somos libres de hacer caso omiso a la advertencia y nadar en el lugar peligroso; sin embargo, una vez que seamos atrapados por el remolino, éste nos arrastrará y tendremos muy pocas opciones; si ése fuera el caso, trataríamos de escapar o de pedir ayuda, pero es posible que terminemos ahogados.
A los maestros: Un dibujo sencillo puede ayudar a los alumnos a centrar la atención. Si hablan sobre la analogía del letrero de advertencia como se presenta en este capítulo, quizá desee dibujar un letrero similar sobre la pizarra o en un pedazo grande de papel.
A pesar de que somos libres de elegir nuestro curso de acción, no somos libres de escoger las consecuencias que conllevan nuestras acciones. Las consecuencias, ya sean buenas o malas, serán el resultado natural de cualquier decisión que tomemos (véase Gálatas 6:7; Apocalipsis 22:12).
Nuestro Padre Celestial nos ha dicho cómo escapar del cautiverio de Satanás. Debemos estar alertas y orar siempre, y pedir a Dios que nos ayude a resistir las tentaciones de Satanás (véase 3 Nefi 18:15). Nuestro Padre Celestial no permitirá que seamos tentados más allá de nuestra capacidad para resistir (véase 1 Corintios 10:13; Alma 13:28).
Los mandamientos de Dios nos guían lejos del peligro y nos conducen hacia la vida eterna. Al tomar decisiones sabias, podremos ganar la exaltación, progresar eternamente y gozar de una felicidad perfecta (véase 2 Nefi 2:27–28).
  • ¿Cuáles son algunos ejemplos de acciones que limitan nuestras opciones? ¿Cuáles son algunos ejemplos de acciones que nos dan más libertad?

Pasajes adicionales de las Escrituras

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martes, 8 de julio de 2014

Llegar a ser perfectos en Cristo

Llegar a ser perfectos en Cristo


Gerrit W. Gong
El comprender el amor expiatorio que el Salvador da sin reserva nos puede librar de las expectativas incorrectas y falsas que nosotros mismos nos imponemos de lo que es la perfección.

Luz del mundo, por Howard Lyon, prohibida su reproducción.
Con nuestros hijos cantamos: “Yo siento Su amor, que me infunde calma”1.
Su amor expiatorio, dado sin reserva, es como “leche y miel sin dinero y sin precio” (2 Nefi 26:25). Por ser infinita y eterna (véase Alma 34:10), la Expiación nos invita a “[venir] a Cristo, y [perfeccionarnos] en él” (Moroni 10:32).
El comprender el amor expiatorio que el Salvador da sin reserva nos puede librar de las expectativas incorrectas y falsas que nosotros mismos nos imponemos de lo que es la perfección. Ese entendimiento nos permite despojarnos de los temores de que somos imperfectos: temores de que cometemos errores, temores de que no somos lo suficientemente buenos, temores de que somos un fracaso comparado con los demás, temores de que no estamos haciendo lo suficiente para merecer Su amor.
El amor expiatorio que el Salvador da sin reserva nos sirve para que seamos más tolerantes y menos críticos de los demás y de nosotros mismos. Ese amor reconcilia nuestras relaciones y nos brinda oportunidades de amar, comprender y prestar servicio a la manera del Salvador.
Su amor expiatorio cambia el concepto que tenemos de la perfección. Podemos depositar nuestra confianza en Él, guardar diligentemente Sus mandamientos y seguir adelante con fe (véase Mosíah 4:6), al mismo tiempo que sentimos mayor humildad, gratitud y dependencia en Sus méritos, misericordia y gracia (véase 2 Nefi 2:8).
En un sentido más amplio, el venir a Cristo y ser perfeccionados en Él coloca la perfección dentro del trayecto eterno de nuestro espíritu y cuerpo o, básicamente, en el trayecto eterno de nuestra alma (véase D. y C. 88:15). El llegar a ser perfectos es el resultado de nuestra travesía por la vida, la muerte y la resurrección físicas, cuando todas las cosas son restablecidas “a su propia y perfecta forma” (Alma 40:23); incluye el proceso del nacimiento espiritual, el cual ocasiona “un potente cambio” en nuestro corazón y disposición (Mosíah 5:2); refleja el refinamiento de toda nuestra vida mediante el servicio semejante al de Cristo y la obediencia a los mandamientos del Salvador y a nuestros convenios; y reconoce la relación que existe entre los vivos y los muertos, que es necesaria para llegar a la perfección (véase D. y C. 128:18).
No obstante, la palabra perfección a veces se malinterpreta, pensando que significa no cometer nunca un error. Quizás ustedes o alguien a quien conozcan estén esforzándose por ser perfectos de esa manera. Debido a que ese tipo de perfección siempre parece inalcanzable, incluso después de realizar nuestros mejores esfuerzos, podemos sentirnos intranquilos, desanimados o exhaustos. Tratamos infructuosamente de controlar nuestras circunstancias y a las personas que nos rodean; nos preocupamos demasiado por las debilidades humanas y los errores; y de hecho, cuanto más nos esforzamos, más alejados nos sentimos de la perfección que procuramos.
A continuación, intento profundizar nuestro aprecio por la doctrina de la expiación de Jesucristo y por el amor y la misericordia que el Salvador nos brinda sin reservas. Los invito a aplicar su entendimiento de la doctrina de la Expiación con el fin de ayudarse a ustedes mismos y a otras personas, incluso a misioneros, estudiantes, jóvenes adultos solteros, padres, madres, cabezas de familia que estén solos o solas, y otras personas que tal vez se sientan presionadas a encontrar la perfección y a ser perfectas.

La expiación de Jesucristo

Habiendo sido preparada desde la fundación del mundo (véase Mosíah 4:6–7), la expiación de nuestro Salvador nos permite aprender, arrepentirnos y progresar por medio de nuestras propias experiencias y decisiones.
En esta probación terrenal, tanto el crecimiento espiritual gradual “línea sobre línea” (D. y C. 98:12), así como las experiencias espirituales transformadoras de un “potente cambio” de corazón (Alma 5:12, 13; Mosíah 5:2), nos ayudan a venir a Cristo y a ser perfeccionados en Él. La conocida frase “perseverar hasta el fin” nos recuerda que el progreso eterno muchas veces implica tiempo, así como un proceso.
En el último capítulo del Libro de Mormón, el gran profeta Moroni nos enseña la manera de venir a Cristo y ser perfeccionados en Él. Nos “[abstenemos] de toda impiedad”; amamos “a Dios con toda [nuestra] alma, mente y fuerza”; entonces, Su gracia nos es suficiente “para que por su gracia [seamos] perfectos en Cristo”, lo cual “está en el convenio del Padre para remisión de [nuestros] pecados”, para que podamos “[llegar] a ser santos, sin mancha” (Moroni 10:32, 33).
En última instancia, es el “gran y postrer sacrificio” del Salvador lo que trae la “misericordia, que [sobrepuja] a la justicia y [provee] a los hombres la manera de tener fe para arrepentimiento” (Alma 34:14, 15). De hecho, nuestra “fe para arrepentimiento” es esencial para que vengamos a Cristo, seamos perfeccionados en Él y disfrutemos las bendiciones del “gran y eterno plan de redención” (Alma 34:16).
El aceptar plenamente la expiación de nuestro Salvador puede aumentar nuestra fe y darnos el valor para despojarnos de las expectativas restringentes de que, de algún modo, es necesario que seamos perfectos o que hagamos las cosas de manera perfecta. Una manera rígida de pensar afirma que todo es absolutamente perfecto o irremediablemente imperfecto; pero, como hijos e hijas de Dios, podemos aceptar agradecidos que somos Su creación suprema (véanse Salmos 8:3–6; Hebreos 2:7), a pesar de que aún seamos una creación en proceso de desarrollo.
Al entender el amor expiatorio que nuestro Salvador da sin reserva, dejamos de temer que Él sea un juez severo y crítico; más bien, sentimos seguridad: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17); comprendemos que para progresar se necesita tiempo y que es un proceso (véase Moisés 7:21).

Nuestro ejemplo perfecto

Únicamente nuestro Salvador vivió una vida perfecta, e incluso Él aprendió y progresó en la experiencia terrenal. Ciertamente, “no recibió de la plenitud al principio, sino que continuó de gracia en gracia hasta que recibió la plenitud” (D. y C. 93:13).
A través de la experiencia terrenal, Él aprendió a tomar “[nuestras] enfermedades… sobre sí… a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo” (Alma 7:12). Él no cedió a las tentaciones, pecados o presiones cotidianas, sino que descendió por debajo de todas las pruebas y los retos de la vida terrenal (véase D. y C. 122:8).
En el sermón del Monte, el Salvador nos manda: “Sed, pues, vosotros perfectos” (Mateo 5:48). La palabra griega para perfecto se puede traducir como “completo, íntegro y plenamente desarrollado” (en la nota b al pie de página de Mateo 5:48). Nuestro Salvador nos pide que seamos completos, íntegros, plenamente desarrollados, a fin de ser perfeccionados en las virtudes y los atributos que Él y nuestro Padre Celestial manifiestan2.
Veamos cómo el aplicar la doctrina de la Expiación puede ayudar a aquéllos que sienten la necesidad de encontrar la perfección o de ser perfectos.

El perfeccionismo

El malentendido de lo que significa ser perfecto puede resultar en perfeccionismo, una actitud o conducta en la que el deseo admirable de ser bueno se convierte en una expectativa poco realista de ser perfectos ya. A veces, el perfeccionismo surge del sentimiento de que únicamente aquellos que son perfectos merecen que se les ame, o de que nosotros no merecemos ser felices a menos que seamos perfectos.
El perfeccionismo puede causar insomnio, ansiedad, desidia, desánimo, autojustificación y depresión. Esos sentimientos pueden desplazar la paz, el gozo y la seguridad que nuestro Salvador desea que tengamos.
Los misioneros que quieren ser perfectos ahora mismo, pueden sentir ansiedad o desánimo si el aprendizaje del idioma de la misión, el que las personas se bauticen o el recibir asignaciones de liderazgo no ocurren lo suficientemente rápido. Para los jóvenes capaces que están acostumbrados a sobresalir, quizás la misión sea el primer gran reto de su vida. No obstante, los misioneros pueden obedecer con exactitud sin ser perfectos; pueden medir su éxito principalmente por el compromiso de ayudar a las personas y a las familias “a ser miembros fieles de la Iglesia que disfruten de la presencia del Espíritu Santo”3.
Los estudiantes que inician un nuevo año escolar, especialmente los que dejan su hogar para estudiar en la universidad, sienten entusiasmo, pero también preocupación. Los becados, los atletas, los que se destacan en las artes y otros, pasan de ser una persona de mucha importancia en un grupo o una organización pequeña, a sentirse una persona común y corriente en un lugar nuevo, más grande e impredecible. Es fácil para los estudiantes que tienen tendencias perfeccionistas sentir que, no importa cuánto se esfuercen, han fracasado si no son los primeros en todo.
Tomando en cuenta las exigencias de la vida, los estudiantes pueden aprender que, a veces, está perfectamente bien esforzarse al máximo, y que no siempre es posible ser el mejor.
También imponemos expectativas de perfección en nuestros hogares. Es posible que un padre o una madre se sientan obligados a ser el cónyuge, el padre, el ama de casa o el sostén de familia perfectos, o de formar parte de una familia Santo de los Últimos Días perfecta, ya mismo.
¿Qué es lo que puede ayudar a quienes luchan con tendencias perfeccionistas? El hacerles preguntas que les brinden apoyo y que conduzcan a respuestas francas y detalladas les ayuda a saber que los amamos y aceptamos. Tales preguntas invitan a los demás a centrarse en lo positivo y nos permiten definir lo que consideramos que marcha bien. Los familiares y amigos pueden evitar hacer comparaciones que sean competitivas y, en vez de ello, brindar ánimo sinceramente.
Otra seria dimensión del perfeccionismo es esperar que los demás estén a la altura de nuestras normas poco realistas, moralistas o intolerantes. De hecho, ese tipo de comportamiento quizás obstruya o limite las bendiciones de la expiación del Salvador en nuestra vida y en la vida de los demás. Por ejemplo, los jóvenes adultos solteros tal vez hagan una lista de las cualidades que desean en un futuro cónyuge y, sin embargo, no se casen debido a las expectativas poco realistas que tengan del compañero o compañera perfectos.
Por consiguiente, una hermana quizás no esté dispuesta a considerar salir con un hermano maravilloso y digno porque éste no se ajusta a la escala perfeccionista de ella: no baila bien, no tiene pensado ser rico, no sirvió en una misión, o admite que tuvo un problema con la pornografía, algo que se resolvió mediante el arrepentimiento y el asesoramiento.
De manera similar, un hermano quizás no considere salir con una hermana maravillosa y digna que no encaje en el perfil poco realista que él tenga: no le gustan los deportes, no es presidenta de la Sociedad de Socorro, no ha ganado concursos de belleza, no tiene un minucioso presupuesto, o admite que previamente tuvo una debilidad con la Palabra de Sabiduría que ya se ha resuelto.
Por supuesto, debemos considerar las cualidades que deseamos en nosotros mismos y en un futuro cónyuge; debemos mantener nuestras más elevadas esperanzas y normas; pero, si somos humildes, nos sorprenderemos al encontrar lo bueno en los lugares menos esperados, y quizás creemos oportunidades para acercarnos a alguien que, al igual que nosotros, no es perfecto.
La fe reconoce que, mediante el arrepentimiento y el poder de la Expiación, las cosas débiles se pueden hacer fuertes y que los pecados de los cuales la persona se ha arrepentido verdaderamente son perdonados.
Los matrimonios felices no son el resultado de dos personas perfectas que intercambian votos; más bien, la devoción y el amor crecen a medida que a lo largo del trayecto dos personas imperfectas edifican, bendicen, ayudan, alientan y perdonan. En una ocasión, se le preguntó a la esposa de un profeta moderno cómo era estar casada con un profeta; sabiamente contestó que no se había casado con un profeta, sino que simplemente se había casado con un hombre que estaba totalmente dedicado a la Iglesia sin importar el llamamiento que recibiera4. En otras palabras, con el transcurso del tiempo, los esposos y las esposas progresan juntos, tanto en forma personal como en pareja.
La espera para tener el cónyuge perfecto, la educación perfecta, el trabajo perfecto o la casa perfecta será larga y solitaria. Somos sensatos si seguimos el Espíritu en las decisiones importantes de la vida y no permitimos que las dudas generadas por las exigencias perfeccionistas obstruyan nuestro progreso.
Para aquellos que quizás se sientan constantemente agobiados o preocupados, pregúntense con franqueza: “¿Defino la perfección y el éxito según las doctrinas del amor expiatorio del Salvador o de acuerdo con las normas del mundo? ¿Mido el éxito o el fracaso según la confirmación del Espíritu Santo respecto a mis deseos rectos o de acuerdo con alguna otra norma del mundo?”.
Para aquellos que se sienten física o emocionalmente agotados, empiecen a dormir y a descansar con regularidad, y tomen tiempo para comer y relajarse; reconozcan que estar ocupado no es lo mismo que ser digno, y que para ser digno no es necesaria la perfección5.
Para aquellos que tienden a ver sus propias debilidades o faltas, celebren con gratitud las cosas que hagan bien, ya sean grandes o pequeñas.
Para aquellos que temen el fracaso y que dejan las cosas para después, a veces preparándose demasiado, ¡tengan la seguridad y cobren ánimo de saber que no es necesario que se abstengan de las actividades que presentan desafíos y que pueden traerles gran progreso!
Si es necesario y apropiado, procuren asesoramiento espiritual o atención médica competente que los ayude a relajarse, a establecer maneras positivas de pensar y estructurar su vida, a disminuir conductas contraproducentes, y a experimentar y expresar más gratitud6.
La impaciencia obstruye la fe. La fe y la paciencia ayudarán a los misioneros a comprender un nuevo idioma o cultura, a los estudiantes a dominar nuevas materias, y a los jóvenes adultos solteros a empezar a entablar relaciones en vez de esperar a que todo sea perfecto. La fe y la paciencia también ayudarán a los que esperan autorizaciones para sellamientos en el templo o la restauración de las bendiciones del sacerdocio.
Al actuar y no dejar que se actúe sobre nosotros (véase 2 Nefi 2:14), podemos lograr una vida de equilibrio entre las virtudes complementarias y lograr gran parte del progreso en la vida. Éstas pueden aparecer en “una oposición”, siendo “un solo conjunto” (2 Nefi 2:11).
Por ejemplo, podemos cesar de ser ociosos (véase D. y C. 88:124) sin correr más aprisa de lo que las fuerzas nos permitan (véase Mosíah 4:27).
Podemos estar “anhelosamente consagrados a una causa buena” (D. y C. 58:27) mientras que al mismo tiempo y de vez en cuando hacemos una pausa para estar “tranquilos y [saber] que yo soy Dios” (Salmos 46:10; véase también D. y C. 101:16).
Podemos hallar nuestra vida al perderla por causa del Salvador (véase Mateo 10:39; 16:25).
Podemos no “[cansarnos] de hacer lo bueno” (D. y C. 64:33; véase también Gálatas 6:9) a la vez que tomamos el tiempo necesario para reanimarnos espiritual y físicamente.
Podemos ser alegres sin ser frívolos.
Podemos reír alegremente con alguien, pero no reírnos arrogantemente de alguien.
Nuestro Salvador y Su expiación nos invitan a “…[venir] a Cristo, y [a ser perfeccionados] en él”. Al hacerlo, Él promete que “…su gracia [nos] es suficiente, para que por su gracia [seamos] perfectos en Cristo” (Moroni 10:32).
Para aquellos que sienten el agobio de preocuparse demasiado por encontrar la perfección o por ser perfectos ahora mismo, el amor expiatorio que el Salvador da sin reserva nos asegura:
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar…
“Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28–30)7.

Llegar a ser perfectos en Cristo

Llegar a ser perfectos en Cristo


Gerrit W. Gong
El comprender el amor expiatorio que el Salvador da sin reserva nos puede librar de las expectativas incorrectas y falsas que nosotros mismos nos imponemos de lo que es la perfección.

Luz del mundo, por Howard Lyon, prohibida su reproducción.
Con nuestros hijos cantamos: “Yo siento Su amor, que me infunde calma”1.
Su amor expiatorio, dado sin reserva, es como “leche y miel sin dinero y sin precio” (2 Nefi 26:25). Por ser infinita y eterna (véase Alma 34:10), la Expiación nos invita a “[venir] a Cristo, y [perfeccionarnos] en él” (Moroni 10:32).
El comprender el amor expiatorio que el Salvador da sin reserva nos puede librar de las expectativas incorrectas y falsas que nosotros mismos nos imponemos de lo que es la perfección. Ese entendimiento nos permite despojarnos de los temores de que somos imperfectos: temores de que cometemos errores, temores de que no somos lo suficientemente buenos, temores de que somos un fracaso comparado con los demás, temores de que no estamos haciendo lo suficiente para merecer Su amor.
El amor expiatorio que el Salvador da sin reserva nos sirve para que seamos más tolerantes y menos críticos de los demás y de nosotros mismos. Ese amor reconcilia nuestras relaciones y nos brinda oportunidades de amar, comprender y prestar servicio a la manera del Salvador.
Su amor expiatorio cambia el concepto que tenemos de la perfección. Podemos depositar nuestra confianza en Él, guardar diligentemente Sus mandamientos y seguir adelante con fe (véase Mosíah 4:6), al mismo tiempo que sentimos mayor humildad, gratitud y dependencia en Sus méritos, misericordia y gracia (véase 2 Nefi 2:8).
En un sentido más amplio, el venir a Cristo y ser perfeccionados en Él coloca la perfección dentro del trayecto eterno de nuestro espíritu y cuerpo o, básicamente, en el trayecto eterno de nuestra alma (véase D. y C. 88:15). El llegar a ser perfectos es el resultado de nuestra travesía por la vida, la muerte y la resurrección físicas, cuando todas las cosas son restablecidas “a su propia y perfecta forma” (Alma 40:23); incluye el proceso del nacimiento espiritual, el cual ocasiona “un potente cambio” en nuestro corazón y disposición (Mosíah 5:2); refleja el refinamiento de toda nuestra vida mediante el servicio semejante al de Cristo y la obediencia a los mandamientos del Salvador y a nuestros convenios; y reconoce la relación que existe entre los vivos y los muertos, que es necesaria para llegar a la perfección (véase D. y C. 128:18).
No obstante, la palabra perfección a veces se malinterpreta, pensando que significa no cometer nunca un error. Quizás ustedes o alguien a quien conozcan estén esforzándose por ser perfectos de esa manera. Debido a que ese tipo de perfección siempre parece inalcanzable, incluso después de realizar nuestros mejores esfuerzos, podemos sentirnos intranquilos, desanimados o exhaustos. Tratamos infructuosamente de controlar nuestras circunstancias y a las personas que nos rodean; nos preocupamos demasiado por las debilidades humanas y los errores; y de hecho, cuanto más nos esforzamos, más alejados nos sentimos de la perfección que procuramos.
A continuación, intento profundizar nuestro aprecio por la doctrina de la expiación de Jesucristo y por el amor y la misericordia que el Salvador nos brinda sin reservas. Los invito a aplicar su entendimiento de la doctrina de la Expiación con el fin de ayudarse a ustedes mismos y a otras personas, incluso a misioneros, estudiantes, jóvenes adultos solteros, padres, madres, cabezas de familia que estén solos o solas, y otras personas que tal vez se sientan presionadas a encontrar la perfección y a ser perfectas.

La expiación de Jesucristo

Habiendo sido preparada desde la fundación del mundo (véase Mosíah 4:6–7), la expiación de nuestro Salvador nos permite aprender, arrepentirnos y progresar por medio de nuestras propias experiencias y decisiones.
En esta probación terrenal, tanto el crecimiento espiritual gradual “línea sobre línea” (D. y C. 98:12), así como las experiencias espirituales transformadoras de un “potente cambio” de corazón (Alma 5:12, 13; Mosíah 5:2), nos ayudan a venir a Cristo y a ser perfeccionados en Él. La conocida frase “perseverar hasta el fin” nos recuerda que el progreso eterno muchas veces implica tiempo, así como un proceso.
En el último capítulo del Libro de Mormón, el gran profeta Moroni nos enseña la manera de venir a Cristo y ser perfeccionados en Él. Nos “[abstenemos] de toda impiedad”; amamos “a Dios con toda [nuestra] alma, mente y fuerza”; entonces, Su gracia nos es suficiente “para que por su gracia [seamos] perfectos en Cristo”, lo cual “está en el convenio del Padre para remisión de [nuestros] pecados”, para que podamos “[llegar] a ser santos, sin mancha” (Moroni 10:32, 33).
En última instancia, es el “gran y postrer sacrificio” del Salvador lo que trae la “misericordia, que [sobrepuja] a la justicia y [provee] a los hombres la manera de tener fe para arrepentimiento” (Alma 34:14, 15). De hecho, nuestra “fe para arrepentimiento” es esencial para que vengamos a Cristo, seamos perfeccionados en Él y disfrutemos las bendiciones del “gran y eterno plan de redención” (Alma 34:16).
El aceptar plenamente la expiación de nuestro Salvador puede aumentar nuestra fe y darnos el valor para despojarnos de las expectativas restringentes de que, de algún modo, es necesario que seamos perfectos o que hagamos las cosas de manera perfecta. Una manera rígida de pensar afirma que todo es absolutamente perfecto o irremediablemente imperfecto; pero, como hijos e hijas de Dios, podemos aceptar agradecidos que somos Su creación suprema (véanse Salmos 8:3–6; Hebreos 2:7), a pesar de que aún seamos una creación en proceso de desarrollo.
Al entender el amor expiatorio que nuestro Salvador da sin reserva, dejamos de temer que Él sea un juez severo y crítico; más bien, sentimos seguridad: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17); comprendemos que para progresar se necesita tiempo y que es un proceso (véase Moisés 7:21).

Nuestro ejemplo perfecto

Únicamente nuestro Salvador vivió una vida perfecta, e incluso Él aprendió y progresó en la experiencia terrenal. Ciertamente, “no recibió de la plenitud al principio, sino que continuó de gracia en gracia hasta que recibió la plenitud” (D. y C. 93:13).
A través de la experiencia terrenal, Él aprendió a tomar “[nuestras] enfermedades… sobre sí… a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo” (Alma 7:12). Él no cedió a las tentaciones, pecados o presiones cotidianas, sino que descendió por debajo de todas las pruebas y los retos de la vida terrenal (véase D. y C. 122:8).
En el sermón del Monte, el Salvador nos manda: “Sed, pues, vosotros perfectos” (Mateo 5:48). La palabra griega para perfecto se puede traducir como “completo, íntegro y plenamente desarrollado” (en la nota b al pie de página de Mateo 5:48). Nuestro Salvador nos pide que seamos completos, íntegros, plenamente desarrollados, a fin de ser perfeccionados en las virtudes y los atributos que Él y nuestro Padre Celestial manifiestan2.
Veamos cómo el aplicar la doctrina de la Expiación puede ayudar a aquéllos que sienten la necesidad de encontrar la perfección o de ser perfectos.

El perfeccionismo

El malentendido de lo que significa ser perfecto puede resultar en perfeccionismo, una actitud o conducta en la que el deseo admirable de ser bueno se convierte en una expectativa poco realista de ser perfectos ya. A veces, el perfeccionismo surge del sentimiento de que únicamente aquellos que son perfectos merecen que se les ame, o de que nosotros no merecemos ser felices a menos que seamos perfectos.
El perfeccionismo puede causar insomnio, ansiedad, desidia, desánimo, autojustificación y depresión. Esos sentimientos pueden desplazar la paz, el gozo y la seguridad que nuestro Salvador desea que tengamos.
Los misioneros que quieren ser perfectos ahora mismo, pueden sentir ansiedad o desánimo si el aprendizaje del idioma de la misión, el que las personas se bauticen o el recibir asignaciones de liderazgo no ocurren lo suficientemente rápido. Para los jóvenes capaces que están acostumbrados a sobresalir, quizás la misión sea el primer gran reto de su vida. No obstante, los misioneros pueden obedecer con exactitud sin ser perfectos; pueden medir su éxito principalmente por el compromiso de ayudar a las personas y a las familias “a ser miembros fieles de la Iglesia que disfruten de la presencia del Espíritu Santo”3.
Los estudiantes que inician un nuevo año escolar, especialmente los que dejan su hogar para estudiar en la universidad, sienten entusiasmo, pero también preocupación. Los becados, los atletas, los que se destacan en las artes y otros, pasan de ser una persona de mucha importancia en un grupo o una organización pequeña, a sentirse una persona común y corriente en un lugar nuevo, más grande e impredecible. Es fácil para los estudiantes que tienen tendencias perfeccionistas sentir que, no importa cuánto se esfuercen, han fracasado si no son los primeros en todo.
Tomando en cuenta las exigencias de la vida, los estudiantes pueden aprender que, a veces, está perfectamente bien esforzarse al máximo, y que no siempre es posible ser el mejor.
También imponemos expectativas de perfección en nuestros hogares. Es posible que un padre o una madre se sientan obligados a ser el cónyuge, el padre, el ama de casa o el sostén de familia perfectos, o de formar parte de una familia Santo de los Últimos Días perfecta, ya mismo.
¿Qué es lo que puede ayudar a quienes luchan con tendencias perfeccionistas? El hacerles preguntas que les brinden apoyo y que conduzcan a respuestas francas y detalladas les ayuda a saber que los amamos y aceptamos. Tales preguntas invitan a los demás a centrarse en lo positivo y nos permiten definir lo que consideramos que marcha bien. Los familiares y amigos pueden evitar hacer comparaciones que sean competitivas y, en vez de ello, brindar ánimo sinceramente.
Otra seria dimensión del perfeccionismo es esperar que los demás estén a la altura de nuestras normas poco realistas, moralistas o intolerantes. De hecho, ese tipo de comportamiento quizás obstruya o limite las bendiciones de la expiación del Salvador en nuestra vida y en la vida de los demás. Por ejemplo, los jóvenes adultos solteros tal vez hagan una lista de las cualidades que desean en un futuro cónyuge y, sin embargo, no se casen debido a las expectativas poco realistas que tengan del compañero o compañera perfectos.
Por consiguiente, una hermana quizás no esté dispuesta a considerar salir con un hermano maravilloso y digno porque éste no se ajusta a la escala perfeccionista de ella: no baila bien, no tiene pensado ser rico, no sirvió en una misión, o admite que tuvo un problema con la pornografía, algo que se resolvió mediante el arrepentimiento y el asesoramiento.
De manera similar, un hermano quizás no considere salir con una hermana maravillosa y digna que no encaje en el perfil poco realista que él tenga: no le gustan los deportes, no es presidenta de la Sociedad de Socorro, no ha ganado concursos de belleza, no tiene un minucioso presupuesto, o admite que previamente tuvo una debilidad con la Palabra de Sabiduría que ya se ha resuelto.
Por supuesto, debemos considerar las cualidades que deseamos en nosotros mismos y en un futuro cónyuge; debemos mantener nuestras más elevadas esperanzas y normas; pero, si somos humildes, nos sorprenderemos al encontrar lo bueno en los lugares menos esperados, y quizás creemos oportunidades para acercarnos a alguien que, al igual que nosotros, no es perfecto.
La fe reconoce que, mediante el arrepentimiento y el poder de la Expiación, las cosas débiles se pueden hacer fuertes y que los pecados de los cuales la persona se ha arrepentido verdaderamente son perdonados.
Los matrimonios felices no son el resultado de dos personas perfectas que intercambian votos; más bien, la devoción y el amor crecen a medida que a lo largo del trayecto dos personas imperfectas edifican, bendicen, ayudan, alientan y perdonan. En una ocasión, se le preguntó a la esposa de un profeta moderno cómo era estar casada con un profeta; sabiamente contestó que no se había casado con un profeta, sino que simplemente se había casado con un hombre que estaba totalmente dedicado a la Iglesia sin importar el llamamiento que recibiera4. En otras palabras, con el transcurso del tiempo, los esposos y las esposas progresan juntos, tanto en forma personal como en pareja.
La espera para tener el cónyuge perfecto, la educación perfecta, el trabajo perfecto o la casa perfecta será larga y solitaria. Somos sensatos si seguimos el Espíritu en las decisiones importantes de la vida y no permitimos que las dudas generadas por las exigencias perfeccionistas obstruyan nuestro progreso.
Para aquellos que quizás se sientan constantemente agobiados o preocupados, pregúntense con franqueza: “¿Defino la perfección y el éxito según las doctrinas del amor expiatorio del Salvador o de acuerdo con las normas del mundo? ¿Mido el éxito o el fracaso según la confirmación del Espíritu Santo respecto a mis deseos rectos o de acuerdo con alguna otra norma del mundo?”.
Para aquellos que se sienten física o emocionalmente agotados, empiecen a dormir y a descansar con regularidad, y tomen tiempo para comer y relajarse; reconozcan que estar ocupado no es lo mismo que ser digno, y que para ser digno no es necesaria la perfección5.
Para aquellos que tienden a ver sus propias debilidades o faltas, celebren con gratitud las cosas que hagan bien, ya sean grandes o pequeñas.
Para aquellos que temen el fracaso y que dejan las cosas para después, a veces preparándose demasiado, ¡tengan la seguridad y cobren ánimo de saber que no es necesario que se abstengan de las actividades que presentan desafíos y que pueden traerles gran progreso!
Si es necesario y apropiado, procuren asesoramiento espiritual o atención médica competente que los ayude a relajarse, a establecer maneras positivas de pensar y estructurar su vida, a disminuir conductas contraproducentes, y a experimentar y expresar más gratitud6.
La impaciencia obstruye la fe. La fe y la paciencia ayudarán a los misioneros a comprender un nuevo idioma o cultura, a los estudiantes a dominar nuevas materias, y a los jóvenes adultos solteros a empezar a entablar relaciones en vez de esperar a que todo sea perfecto. La fe y la paciencia también ayudarán a los que esperan autorizaciones para sellamientos en el templo o la restauración de las bendiciones del sacerdocio.
Al actuar y no dejar que se actúe sobre nosotros (véase 2 Nefi 2:14), podemos lograr una vida de equilibrio entre las virtudes complementarias y lograr gran parte del progreso en la vida. Éstas pueden aparecer en “una oposición”, siendo “un solo conjunto” (2 Nefi 2:11).
Por ejemplo, podemos cesar de ser ociosos (véase D. y C. 88:124) sin correr más aprisa de lo que las fuerzas nos permitan (véase Mosíah 4:27).
Podemos estar “anhelosamente consagrados a una causa buena” (D. y C. 58:27) mientras que al mismo tiempo y de vez en cuando hacemos una pausa para estar “tranquilos y [saber] que yo soy Dios” (Salmos 46:10; véase también D. y C. 101:16).
Podemos hallar nuestra vida al perderla por causa del Salvador (véase Mateo 10:39; 16:25).
Podemos no “[cansarnos] de hacer lo bueno” (D. y C. 64:33; véase también Gálatas 6:9) a la vez que tomamos el tiempo necesario para reanimarnos espiritual y físicamente.
Podemos ser alegres sin ser frívolos.
Podemos reír alegremente con alguien, pero no reírnos arrogantemente de alguien.
Nuestro Salvador y Su expiación nos invitan a “…[venir] a Cristo, y [a ser perfeccionados] en él”. Al hacerlo, Él promete que “…su gracia [nos] es suficiente, para que por su gracia [seamos] perfectos en Cristo” (Moroni 10:32).
Para aquellos que sienten el agobio de preocuparse demasiado por encontrar la perfección o por ser perfectos ahora mismo, el amor expiatorio que el Salvador da sin reserva nos asegura:
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar…
“Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28–30)7.

JESUS nuestro Líder escogido y nuestro Salvador

Capítulo 3: Jesucristo, nuestro Líder escogido y nuestro Salvador

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 Se necesitaba un Líder y un Salvador

  • ¿Por qué fue necesario que saliéramos de la presencia de nuestro Padre Celestial? ¿Por qué necesitamos un Salvador?
Cuando se nos presentó el plan de salvación en el mundo espiritual preterrenal, nos sentimos tan felices que nos regocijamos (véase Job 38:7).
Comprendimos que tendríamos que dejar nuestro hogar celestial durante algún tiempo, es decir, que no viviríamos en la presencia de nuestro Padre Celestial. En la época que pasaríamos alejados de Él, todos cometeríamos pecados y algunos nos perderíamos. Nuestro Padre Celestial conocía y amaba a cada uno de nosotros, y sabía que necesitaríamos ayuda, por lo que planeó la manera de ayudarnos.
Necesitábamos un Salvador que pagara por nuestros pecados y que nos enseñase la forma de regresar a nuestro Padre Celestial. El Padre dijo: “…¿A quién enviaré?…” (Abraham 3:27). Jesucristo, que entonces se llamaba Jehová, dijo: “…Heme aquí; envíame…” (Abraham 3:27; véase también Moisés 4:1–4).
Jesús estuvo dispuesto a venir a la tierra, a dar Su vida por nosotros y a tomar sobre Sí nuestros pecados. Él, al igual que nuestro Padre Celestial, deseaba que decidiéramos si obedeceríamos los mandamientos de nuestro Padre Celestial. Sabía que debíamos ser libres para elegir a fin de que nos probáramos a nosotros mismos que éramos dignos de obtener la exaltación. Jesús dijo: “…Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre” (Moisés 4:2).
Satanás, que se llamaba Lucifer, también dijo: “…Heme aquí, envíame a mí. Seré tu hijo y redimiré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma, y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra” (Moisés 4:1). Satanás quería forzarnos a hacer su voluntad. De acuerdo con su plan, no se nos permitiría elegir y él nos quitaría la libertad de escoger que nos había concedido nuestro Padre. Satanás quería recibir todo el honor ante nuestra salvación; bajo su propuesta, se hubiera frustrado nuestro propósito de venir a la tierra (véase Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: David O. McKay, 2004, pág. 228).

Jesucristo llegó a ser nuestro Líder escogido y nuestro Salvador

  • A medida que lea esta sección, piense en cuanto a los sentimientos que tiene por el Salvador.
Después de escuchar a Sus dos hijos, nuestro Padre Celestial dijo: “…Enviaré al primero” (Abraham 3:27).
Jesucristo fue escogido y preordenado para ser nuestro Salvador; muchos pasajes de las Escrituras hablan acerca de ello (véase, por ejemplo, 1 Pedro 1:19–20; Moisés 4:1–2). Uno de esos pasajes nos dice que, muchos años antes de Su nacimiento, Jesús se le apareció al hermano de Jared, un profeta del Libro de Mormón, y le dijo: “He aquí, yo soy el que fue preparado desde la fundación del mundo para redimir a mi pueblo. He aquí, soy Jesucristo… En mí todo el género humano tendrá vida, y la tendrá eternamente, sí, aun cuantos crean en mi nombre…” (Éter 3:14).
Cuando Cristo vivió en la tierra, enseñó: “…he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió… Y ésta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:38, 40).

La guerra en los cielos

Debido a que nuestro Padre Celestial escogió a Jesucristo para que fuera nuestro Salvador, Satanás se llenó de ira y se rebeló, y hubo guerra en los cielos. Satanás y sus seguidores lucharon contra Jesucristo y los seguidores del Salvador; éstos últimos vencieron a Satanás “por medio de la sangre del Cordero y de la palabra de su testimonio” (Apocalipsis 12:11).
En esa gran rebelión, Satanás y todos los espíritus que le habían seguido fueron echados de la presencia de Dios y se los expulsó del cielo. Una tercera parte de las huestes celestiales fueron castigadas por seguir a Satanás (véase D. y C. 29:36) y se les negó el derecho de recibir cuerpos mortales.
Debido a que estamos aquí en la tierra y tenemos un cuerpo mortal, sabemos que escogimos seguir a Jesucristo y a nuestro Padre Celestial. Satanás y sus seguidores también están en la tierra, pero como espíritus, y no han olvidado quiénes somos; ellos están diariamente a nuestro alrededor tentándonos e incitándonos a hacer aquellas cosas que no le agradan a nuestro Padre Celestial. En nuestra vida preterrenal, escogimos seguir a Jesucristo y aceptar el plan de Dios. Debemos continuar siguiendo a Jesucristo aquí en la tierra; sólo siguiéndole a Él podremos regresar a nuestro hogar celestial.
  • ¿De qué manera continúa en la actualidad la guerra de los cielos?

Tenemos las enseñanzas del Salvador para guiarnos

  • Piense en qué manera han influido en usted las enseñanzas del Salvador.
Desde el principio, Jesucristo reveló el Evangelio, el cual nos enseña qué debemos hacer para regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial. En el tiempo señalado, Jesucristo mismo vino a la tierra y nos enseñó el plan de salvación y exaltación por medio de Su palabra y Su manera de vivir. Estableció Su Iglesia y Su sacerdocio en la tierra y tomó sobre Sí nuestros pecados.
Al seguir Sus enseñanzas, podemos heredar un lugar en el reino celestial. Él llevó a cabo la parte que le correspondía a fin de ayudarnos a regresar a nuestro hogar celestial, y ahora depende de cada uno de nosotros hacer nuestra parte y llegar a ser dignos de la exaltación.

Pasajes adicionales de las Escrituras

A los maestros: Podría pedir a los miembros de la clase o de la familia que estudien los “Pasajes adicionales de las Escrituras” individualmente, en parejas o en grupo.

martes, 1 de julio de 2014

Mensaje da el ejemplo se el ejemplo



                                                    Eres tu mormona ?
FAMILIA SANTO DE LOS ULTIMOS DIAS

Me hallaba lejos de casa asistiendo a una conferencia internacional relacionada con mi trabajo a la que asistían cientos de personas, pero yo era la única de mi localidad.
Una noche hubo una cena para todos los asistentes. Al entrar en el salón comedor, cada uno recibió cuatro boletos para usarlos en el bar para ordenar bebidas alcohólicas gratuitas. Se me ocurrió pensar lo fácil que sería para alguien que estuviese lejos de su hogar sentirse tentado por esa oportunidad, al creer que nadie llegaría a saberlo nunca. No fue más que un pensamiento pasajero y le devolví los boletos a la persona que estaba en la entrada.
Durante la cena me senté con siete desconocidos y bebí agua durante todo el tiempo que comimos, conversamos, reímos e intercambiamos información útil para nuestros empleos.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, saludé a un caballero que se había sentado a la mesa conmigo la noche anterior. Me alegró ver en su placa de identificación que era de la ciudad donde yo me había criado y en la que no había vivido desde hacía 35 años. Me había ido de allí al terminar la escuela secundaria para asistir a la universidad; luego me casé y me fui a vivir a otro sitio.
Al charlar sobre los lugares y los eventos de la comunidad que ambos conocíamos, me preguntó si aún tenía familia allí. Le contesté que no, pero que tenía muchas buenas amistades con las que seguía en contacto. Me preguntó quiénes eran y empecé a mencionarle los nombres de algunas.
Después de los primeros nombres, me detuvo y dijo: “Un momento, ¿es usted mormona? Todas las personas que ha mencionado son mormonas”.
Tras admitir que era Santo de los Últimos Días, me dijo qué buenos ciudadanos eran aquellos amigos, cómo habían servido a la comunidad y el buen ejemplo que eran para todos. Durante varios minutos compartió su admiración por la Iglesia y por mis amistades, diciéndome cómo habían abogado por el bien de la comunidad.
Al despedirnos, no pude evitar pensar en lo que habría pasado si hubiera decidido utilizar los boletos de las bebidas. Aquellas mismas personas de las que habíamos hablado me habían enseñado a escoger lo correcto. Si hubiese utilizado aquellos boletos, me habría resultado incómodo y vergonzoso admitir que era miembro de la Iglesia.
Cuán agradecida estoy por el ejemplo de aquellas amistades dignas, activas y serviciales 35 años después y a unos 3.200 km del hogar de mi juventud.

Mensaje da el ejemplo se el ejemplo



                                                    Eres tu mormona ?
FAMILIA SANTO DE LOS ULTIMOS DIAS

Me hallaba lejos de casa asistiendo a una conferencia internacional relacionada con mi trabajo a la que asistían cientos de personas, pero yo era la única de mi localidad.
Una noche hubo una cena para todos los asistentes. Al entrar en el salón comedor, cada uno recibió cuatro boletos para usarlos en el bar para ordenar bebidas alcohólicas gratuitas. Se me ocurrió pensar lo fácil que sería para alguien que estuviese lejos de su hogar sentirse tentado por esa oportunidad, al creer que nadie llegaría a saberlo nunca. No fue más que un pensamiento pasajero y le devolví los boletos a la persona que estaba en la entrada.
Durante la cena me senté con siete desconocidos y bebí agua durante todo el tiempo que comimos, conversamos, reímos e intercambiamos información útil para nuestros empleos.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, saludé a un caballero que se había sentado a la mesa conmigo la noche anterior. Me alegró ver en su placa de identificación que era de la ciudad donde yo me había criado y en la que no había vivido desde hacía 35 años. Me había ido de allí al terminar la escuela secundaria para asistir a la universidad; luego me casé y me fui a vivir a otro sitio.
Al charlar sobre los lugares y los eventos de la comunidad que ambos conocíamos, me preguntó si aún tenía familia allí. Le contesté que no, pero que tenía muchas buenas amistades con las que seguía en contacto. Me preguntó quiénes eran y empecé a mencionarle los nombres de algunas.
Después de los primeros nombres, me detuvo y dijo: “Un momento, ¿es usted mormona? Todas las personas que ha mencionado son mormonas”.
Tras admitir que era Santo de los Últimos Días, me dijo qué buenos ciudadanos eran aquellos amigos, cómo habían servido a la comunidad y el buen ejemplo que eran para todos. Durante varios minutos compartió su admiración por la Iglesia y por mis amistades, diciéndome cómo habían abogado por el bien de la comunidad.
Al despedirnos, no pude evitar pensar en lo que habría pasado si hubiera decidido utilizar los boletos de las bebidas. Aquellas mismas personas de las que habíamos hablado me habían enseñado a escoger lo correcto. Si hubiese utilizado aquellos boletos, me habría resultado incómodo y vergonzoso admitir que era miembro de la Iglesia.
Cuán agradecida estoy por el ejemplo de aquellas amistades dignas, activas y serviciales 35 años después y a unos 3.200 km del hogar de mi juventud.

Mensaje de Samuel profeta del antiguo testamento

Profetas del Antiguo Testamento
Samuel
“Lo que le sucedió al niño Samuel, cuando respondió al llamado del Señor, siempre ha sido una inspiración para mí”. —Presidente Thomas S. Monson
Mi madre, Ana, era estéril y oró en el templo para tener un hijo, prometiendo que lo daría al Señor. Dios contestó sus oraciones y me tuvo a mí. Mientras yo aún era pequeño, me llevó al templo para que sirviera al Señor, donde el sacerdote Elí me cuidó y me enseñó.
Cuando era niño, una noche oí una voz que me llamaba por mi nombre. Tres veces fui a donde estaba Elí, pero él no me había llamado; dijo que el que me llamaba era el Señor. Seguí el consejo de Elí cuando oí mi nombre por cuarta vez y respondí: “Habla, que tu siervo escucha”. El Señor me habló, y al ir creciendo, Él estuvo conmigo y me llamó para que fuera Su profeta.
Al envejecer, nombré a mis hijos jueces sobre Israel. Mis hijos eran inicuos, de modo que los ancianos de Israel pidieron tener un rey. Advertí a la gente de los peligros de tener un rey, pero siguieron insistiendo. El Señor me mandó que “[oyera] su voz”.
El Señor me envió a Saúl, que era “joven y apuesto”, y lo ungí como “príncipe sobre [el] pueblo Israel”. Él llegó a ser su rey; sin embargo, cuando el Señor le mandó a Saúl que destruyera a los amalecitas y todo lo que poseían, él desobedeció; se quedó con los animales de los amalecitas y los ofreció como sacrificios. Le enseñé a Saúl que “el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros”.
Debido a la desobediencia de Saúl, el Señor me mandó ungir a un nuevo rey de entre los hijos de Isaí. Isaí me presentó a sus siete hijos mayores, pero el Señor no había escogido a ninguno de ellos. El Señor me reveló que el hijo menor, David, debía ser el rey. Tal vez por su apariencia o estatura, los hermanos mayores de David se hayan visto más como futuros reyes; pero el Señor había elegido a ese joven pastor para dirigir a Su pueblo. De esa experiencia aprendí que “Jehová no mira lo que el hombre mira, pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón”.

Mensaje de Samuel profeta del antiguo testamento

Profetas del Antiguo Testamento
Samuel
“Lo que le sucedió al niño Samuel, cuando respondió al llamado del Señor, siempre ha sido una inspiración para mí”. —Presidente Thomas S. Monson
Mi madre, Ana, era estéril y oró en el templo para tener un hijo, prometiendo que lo daría al Señor. Dios contestó sus oraciones y me tuvo a mí. Mientras yo aún era pequeño, me llevó al templo para que sirviera al Señor, donde el sacerdote Elí me cuidó y me enseñó.
Cuando era niño, una noche oí una voz que me llamaba por mi nombre. Tres veces fui a donde estaba Elí, pero él no me había llamado; dijo que el que me llamaba era el Señor. Seguí el consejo de Elí cuando oí mi nombre por cuarta vez y respondí: “Habla, que tu siervo escucha”. El Señor me habló, y al ir creciendo, Él estuvo conmigo y me llamó para que fuera Su profeta.
Al envejecer, nombré a mis hijos jueces sobre Israel. Mis hijos eran inicuos, de modo que los ancianos de Israel pidieron tener un rey. Advertí a la gente de los peligros de tener un rey, pero siguieron insistiendo. El Señor me mandó que “[oyera] su voz”.
El Señor me envió a Saúl, que era “joven y apuesto”, y lo ungí como “príncipe sobre [el] pueblo Israel”. Él llegó a ser su rey; sin embargo, cuando el Señor le mandó a Saúl que destruyera a los amalecitas y todo lo que poseían, él desobedeció; se quedó con los animales de los amalecitas y los ofreció como sacrificios. Le enseñé a Saúl que “el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros”.
Debido a la desobediencia de Saúl, el Señor me mandó ungir a un nuevo rey de entre los hijos de Isaí. Isaí me presentó a sus siete hijos mayores, pero el Señor no había escogido a ninguno de ellos. El Señor me reveló que el hijo menor, David, debía ser el rey. Tal vez por su apariencia o estatura, los hermanos mayores de David se hayan visto más como futuros reyes; pero el Señor había elegido a ese joven pastor para dirigir a Su pueblo. De esa experiencia aprendí que “Jehová no mira lo que el hombre mira, pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón”.

lunes, 30 de junio de 2014

NOTICIAS MORMONES QUE AYUDAN A URUGUAY

Hospital de Flores cuenta con Sala de Quimioterapia

El Hospital “Dr. Edison Camacho” de Trinidad recibió en donación un equipamiento oncológico, de parte de los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
Si bien esa tecnología hace un tiempo está siendo utilizada por el centro de Salud Pública, fue recientemente que se formalizó la entrega del equipo por parte de Elder Ashton de los  Servicios de Ayuda Humanitaria de la Iglesia.
La Directora del Hospital Quím. Farm. Elena Soba, valoró esta donación para la Sala de Quimioterapia señalando que la misma surge a través de un proyecto enmarcado en el área de gestión del período

NOTICIAS MORMONES QUE AYUDAN A URUGUAY

FOTO DE NOTICIAS DE MORMONES QUE AYUDAN A URUGUAY
“Tenemos que cumplir determinadas condiciones, como mejora en la atención y en la satisfacción no sólo de los usuarios, sino también de los trabajadores, por lo que uno de esos proyectos está encarado hacia la prevención del cáncer de cuello de útero. En eso tenemos una mejora en la captación de las pacientes para Papanicolau pero también en la atención del paciente oncológico. Para eso vimos que teníamos una debilidad en cuanto al tratamiento,  ya que no teníamos un lugar específico para hacer los tratamientos de quimioterapia”, explicó la Directora.
FESTEJANDO LA AYUDA


BUENAS NOTICIAS MORMONES QUE AYUDAN A URUGUAY
 “Necesitábamos ese lugar, equiparlo y buscando el financiamiento se nos ocurrió recurrir a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. En principio les enviamos un resumen del proyecto, solicitando la colaboración; el mismo fue estudiado, se nos pidió más información que fuimos enviando, hasta que consideraron que reunía las condiciones para merecer su apoyo”, expresó la Quím. Farm. Elena Soba.
Elder Ashton que junto a su esposa es misionero de la Iglesia, dijo que con esa responsabilidad tienen que apoyar este tipo de proyectos.
“Hay muchos proyectos que la Iglesia tiene en el Uruguay y otros países en América del Sur, y es un placer para nosotros estar en Trinidad y en este Hospital para realizar esta donación a la Sala de Quimioterapia.